martes, 20 de agosto de 2019

Angélica Gorodischer


Diálogo entre Angélica Gorodischer y Alberto Manguel, director de la Biblioteca Nacional

Biblioteca Nacional Mariano Moreno
Publicado el 11 ene. 2018

14 de diciembre de 2017 / Sala Juan L. Ortíz

Homenaje a Angélica Gorodischer. En el marco de la visita de Margaret Atwood a la Argentina, la Biblioteca Nacional homenajea a la escritora Angélica Gorodischer, referente de la distopía en nuestro país.

Angélica Gorodischer (Buenos Aires, 1928) es una de las voces femeninas más importantes de la literatura de ciencia ficción en Iberoamérica. Introdujo la distopía en sus obras para retratar a una sociedad ficticia indeseable en sí misma. Publicó novelas como Kalpa Imperial, Floreros de alabastro, alfombras de bokhara, Prodigios, Tumba de jaguares y Las señoras de la calle Brenner. Tanto sus relatos como sus novelas le han hecho ganar la admiración de los lectores. En 2003 se publicó la traducción al inglés de Kalpa Imperial, realizada por Ursula K. Le Guin, máxima figura femenina de la ciencia ficción anglosajona.








Sueños Con Angélica Gorodischer – Ver Para Leer
Telefe Publicado el 1 dic. 2014

En el programa se plantean diversas situaciones conflictivas en las que Juan Sasturain debe participar para solucionarlas. Para hacerlo, recorre el fantástico mundo de la literatura en todos sus ámbitos y géneros, muestra libros y comparte temáticas de ellos. A su vez, en cada ocasión se debe recurrir a un tercero (al cual le realizan una breve entrevista) en busca de ayuda. Juan está acompañado de su amigo, Fabián Arenillas que encarna a los distintos personajes que lo auxilian o que le plantean la situación de cada programa.






“La vida real no me interesa”


En una entrevista de Liliana Colanzi y Mariano Vespa, Angélica Gorodischer, autora de Kalpa Imperial, Trafalgar y Las señoras de la calle Brenner, entre otros títulos, habla de sus búsquedas literarias, la relación con la tecnología y anticipa el próximo libro de cuentos.

“La vida real no me interesa”

 Por Liliana Colanzi y Mariano Vespa.

Llegamos a la casa de Angélica Gorodischer siguiendo la pista de Rafael Pinedo, el autor de la novela posapocalíptica Plop, que ganó el premio de Casa de las Américas en 2002. De alguna manera queríamos descifrar el enigma Pinedo, que falleció de un melanoma en 2006. Habíamos leído que era tal su admiración hacia Gorodischer que uno de los personajes de Plop —la vieja Goro, un personaje fuerte y terrible, la única persona del clan que sabe leer en un mundo devastado— le rendía homenaje. La encontramos en su casa en Rosario, ciudad donde vive desde la infancia: nos recibió apoyada en un bastón de madera maciza que —dijo— posiblemente haya pertenecido a Manuel Belgrano, y que compró en Mercado Libre. Mientras esperaba al técnico que le arreglaría una heladera arruinada, conversamos sobre sus lecturas (y constatamos que Plop ocupa un sitio especial en su biblioteca, separado en un altarcito propio), sus proyectos, sus inquietudes y sobre la ciencia ficción, un género que cada vez cobra mayor importancia, y en el que ha sido pionera en Latinoamérica. Su libro Kalpa Imperial fue traducido por la destacada autora norteamericana Ursula K. Le Guin. Con ochenta y siete años y una treintena de libros publicados, Gorodischer dijo estar terminando Las nenas, “un libro de cuentos bastante siniestros”.

—Oesterheld me deslumbró. Lo conocí y dije: “Qué maravilla”. Ahora le regalé al segundo de mis hijos el libro de Oesterheld con sus cuentos inéditos (Más allá de Gelo, Planeta, 2015). También me lo leí antes. Oesterheld fue un tipo sensacional. Qué destino, ¿no? Para la época fue revolucionario. Hubo mucha gente que no quiso ni acercarse: “Ah, no, esas cosas de aventuras fantásticas…” A mí los marginales me interesan, hay algo por lo que el establishment los pone un poquito de lado. Ahí pasa una cosa graciosa que algún autor marginal se convierte en central y resulta que a todos siempre les pareció maravilloso y lo valoraron. De alguna manera le pasó a Cortázar.



» He tratado de leer a los últimos [autores de ciencia ficción] y no me entusiasman mucho. Estoy metida en otras cosas, escribo mucho y no estoy bien de salud, así que hay muchas cosas que ignoro. Pero Plop, de Rafael Pinedo, siempre me dejó deslumbrada. La impresión que tengo como lectora —ya no les hablo como escritora— es el color negro, porque todo es negro. Todo es de una negrura impresionante, estamos en medio de una noche de la que no vamos a salir jamás. Esa impresión de negrura, de telón, de un color que es casi concreto, es tremenda. En esa noche negra lo que crece es el barro, la no-visión, la no-existencia de un horizonte, una cosa que es terrible. Plop es una novela descarnadamente escrita, porque el hueso y la médula están ahí a la vista. No hay una concesión. Hay novelas crueles, por supuesto, que una ha leído —yo empecé a leer a los cinco años y todavía no me detuve—, pero es difícil encontrar una pieza narrativa en la que no haya ni una sola concesión. No hay ni siquiera lo que se llama el feísmo. Es una cosa seca, como concentrada, como puños cerrados. El lenguaje sirve para comunicar lo que está acá, pero lo que está más allá no tiene nombre ni lo tendrá quizás nunca. La ciencia ficción tiene novelas muy descarnadas, muy crueles, pero esto creo que es lo más cruel que leí. Después me enteré que el autor había muerto; tampoco supe cómo. Yo creo que Pinedo está solo dentro de la literatura latinoamericana. No se puede decir que este muchacho sale de allí, o que abreva de allá, o que tiene relaciones con eso… Yo no le encuentro nada. Esa cosa monstruosa de toda la humanidad no lo encuentro en otra parte. Puede haber, quizás, en un texto medieval, qué sé yo. A mí me parece que ese hombre está solito, lo cual es un gran honor.

» El Negro Fontanarrosa fue alumno de mi marido. Mi marido es arquitecto y enseñaba en el Politécnico acá. Fontanarrosa era un muchachito que estaba en segundo o tercer año, pero no quería seguir arquitectura, quería dibujar. Entonces se iba al último banco y dibujaba sus viñetitas, vieras lo que eran. Por supuesto, el Goro, mi marido, se ponía furioso y le daba un cero, lo retaba. Y después Goro me decía: “Si yo pudiera haber hablado con los padres, les habría dicho: Saquen a este chico, este chico no quiere estudiar”. Una vez el Negro le llevó unos deberes que eran un desastre total, entonces el Goro se los tiró y le dijo: “Mirá, Fontanarrosa, ¿sabés adónde vas a terminar vos? ¡Vendiendo choripanes en la cancha de Central!” Pasó el tiempo, el Negro fue lo que fue, y el Negro decía: “¿Conocen al que fue mi profesor de dibujo?” Y Goro decía: “¡Yo le enseñé a dibujar a Fontanarrosa!” ¡Se cargaban…! Y cuando hicieron acá una retrospectiva del Negro –el Negro estaba vivito y coleando—, había viñetas que no se habían publicado nunca, y abajo decía: “De la pinacoteca del arquitecto Gorodischer”. Era muy gracioso, lo quería mucho al Negro.

» Terminé una novela que se publicó en noviembre de 2014 [Palito de naranjo, Emecé]. Y entonces empecé a escribir otra. Pero hace poco, buscando cuentos, porque me habían pedido cuentos y no tenía ganas de escribir uno, descubrí que tenía otro libro. Es un libro que tiene varios cuentos de la misma laya, de la misma raza. No son cuentos muy felices, son bastante siniestros. Se llama Las nenas. Algunas son víctimas y algunas son victimarias. Terminé un cuento y después otro más, y ahora tengo siete.

» Yo no puedo ver películas de terror porque soy miedosa. Salvo que sea realmente una obra maestra, pero si no, prefiero no mirar. Tengo ciertos miedos —he sido carne de diván también— que mi marido, que es lo lógico, lo intelectual, lo racional con dos patas, no entiende. Tengo miedo a la oscuridad, tengo miedo a la noche. Entonces él me explica y cree que ya está, que ya se me pasó. Entonces le digo: “Esto va por otros carriles”. Y él: “No, no, no, mirá, yo te voy a volver a explicar…” [Se ríe]

» Celular no uso. Todo el asunto del celular y de ver que la gente está como loca ahí, eso me horroriza. El tipo ese que puso el cartel en el bar que decía “No tenemos wifi, hablen entre ustedes”, me parece espléndido. El otro día vi que pasaban tres chicas por la calle. Tenían dieciséis, diecisiete. Supongo que serían amigas porque iban juntas, pero cada una iba con su celular haciendo tiqui-tiqui. Eso ya a mí me pone loca. ¿Dónde mierda vamos? En un cumpleaños mis hijos me regalaron un Blackberry. Me enseñaron a usarlo, pero yo vivía de esclava del Blackberry. Entonces lo tiré. Una amiga me dijo: “¿Y si te pasa algo en la calle?” Le dije: “Mirá, si me pasa algo leve en la calle, al primer señor que pase le pido que me ayude. Y si me pasa algo grave, van a llamar a la ambulancia, ¡así que dejame de jorobar!”. Así que no, el celular, no. Pero todo lo demás sí: tengo computadora, por supuesto, me gusta navegar en internet, descubro cosas. Kindle sí, eso leo perfecto, sus páginas no tienen el brillo que tiene la pantalla, con eso me llevo bien.

» A mí me interesa cómo fue el momento en que hicimos clic y dejamos de ser simios. ¿Qué pasó con ese antepasado común? Hubo un momento en el que ocurrió algo. En un libro que estoy leyendo, De animales a dioses, el autor (Yuval Noah Harari) dice que hubo una revolución cognitiva, pero no se sabe qué sucedió. Decenas de miles de años después vino la revolución agrícola, pero para ese momento ya éramos casi intelectuales.

» La ciencia ficción te deja una marca muy fuerte. Yo siempre digo: a mí la vida real no me interesa. Hay autores y autoras que con la vida real han hecho maravillas. A mí no me sale porque la vida real no me interesa. “¿Y a usted qué le interesa?”, me dicen. Me interesa lo inexplicable, lo inefable, lo que no se puede decir, esas cosas por las que hay que pasar de lejos. [En mis historias] siempre pasa algo raro. A veces no se sabe muy bien de qué se trata, pero hay algo siempre que está fuera de la experiencia diaria.

domingo, 18 de agosto de 2019

Cinefilia -Tarkovski

Cinefilia


Esta sección , publicada en el blog anterior , la reproduzco aquí pues algunos videos de youtube se han eliminado , en lo posible haré las descargas para poder conservarlos.

Está dedicada al cine que he visto, que me ha gustado por su temática, las que más recuerdo, que me gustaría ver por referencias, como homenaje a destacados cineastas en la historia del cine.
Cada entrada tendrá el nombre del director o la película.

Andréi Tarkovsky: Las claves para entender su estilo.




Nostalgia - Andrei Tarkovsky - 1983 (Sub. Español)

Nostalgia es una película soviético-italiana de 1983. Dirigida por Andréi Tarkovski. Protagonizada por Oleg Yankovsky, Domiziana Giordano y Erland Josephson, con la participación de Laure Marchi y Delia Boccardo. El guion es original de Andréi Tarkovski y Tonino Guerra.
Nostalgia es una de las películas más "personales" de Andréi Tarkovski, ya que es el primer film hecho por el artista fuera de la Unión Soviética. Aquí se evidencian las peripecias y angustias del director, quien tuvo que abandonar su país a causa de la persecución y maltrato a su obra por parte de las autoridades. Tarkovski termina por vivir sólo de los recuerdos de su patria.


Recomiendo una excelente reseña y crítica de Ricardo Pérez en su blog:

johannes-esculpiendoeltiempo.blogspot.com.ar del cual es la imagen siguiente.




Zerkalo | El espejo | Subtitulada al español | completa | Andrei Tarkovsky






Zerkalo | El espejo | Subtitulada al español | completa | Andrei Tarkovsky

Fuente Canal de youtube de Nicolás Bórquez Gualter
Publicado el 12 may. 2015

Solo un creador de imÁgenes poéticas puede darse el lujo de romper la línea narrativa para darle paso a una composición fílmica truncada. En el caso de Zerkalo, Tarkovsky nos lleva a un viaje donde cuenta su historia de alegrías, privaciones y dificultades, para hacernos revisar nuestra historia de dificultades, privaciones y alegrías. Las situaciones que nos presenta, de una u otra forma revelan facetas de la condición humana donde todos nos podemos reflejar. Solo no viaja quien no quiere viaje, pero puede ser muy interesante verse en ese espejo.

Este canal esta destinado a subir pelÍculas y (en un futuro) documentales a esta plataforma que, por desgracia, esta sufriendo la persecusión en contra de la piratería, que claramente no es sino una censura y una limitación para la transmisión de conocimiento.
Puede hacer sus pedidos o sugerencias a:
https://www.facebook.com/nborquezg
nborquezg@gmail.com

Andrei Tarkovsky: Un poeta en el cine (ITA sub ESP)





David Gómez Suárez
Publicado el 8 oct. 2014
Título original: Un poeta nel Cinema: Andreij Tarkovskij (Andrei Tarkovsky: A Poet in the Cinema)
Año: 1984
Duración: 65 min.
País: Italia
Director: Donatella Baglivo
Reparto: Documentary, Andrei Tarkovsky
Productora: CIAK
Género: Documental

Sinopsis:
Primer documental de una serie de tres, rodados durante la estancia de Tarkovski en Italia para el rodaje de "Nostalgia"

sábado, 17 de agosto de 2019

Los Celosos -Silvina Ocampo





Los Celosos -Silvina Ocampo

Irma Peinate era la mujer más coqueta del mundo; lo fue de soltera y aún más de casada. Nunca se quitaba, para dormir, el colorete de las mejillas ni el rouge de los labios, las pestañas postizas ni las uñas largas, que eran nacaradas y del color natural. Los lentes de contacto, salvo algún accidente, jamás se los quitaba de los ojos. El marido no sabía que Irma era miope; tampoco sabía que antaño se comía las uñas, que sus pestañas no eran negras y sedosas, sino más bien rubias y mochas. Tampoco sabía que Irma tenía los labios finitos. Tampoco sabía, y esto es lo grave, que Irma no tenía los ojos celestes. Él siempre había declarado:
—Me casaré con una rubia de pestañas oscuras como la noche y de ojos celestes como el cielo de un día de primavera.
¡Cómo defraudar un deseo tan poético! Irma usaba lentes de contacto celestes.
—A ver mis ojitos celestes de Madonna –exclamaba el marido de Irma, con su voz de barítono, que conmovía a cualquier alma sensible.
Irma Peinate no sólo dormía con todos sus afeites: dormía con todos los jopos y postizos que le colocaban en la peluquería. El batido del pelo le duraba una semana; el ondulado de los mechones de la nuca y de la frente, cinco días; pero ella, que era habilidosa, sabía darles la gracia que daban en la peluquería, con jugo de limón o con cerveza. Este milagro de duración no se debía a un afán económico, sino a una sensualidad amorosa que pocas mujeres tienen: quería conservar en su pelo las marcas ideales de los besos de su marido.
¿Y cómo las conservaba, si su marido no usaba lápiz labial? En el perfume de la barba: el pelo de la barba, mezclado al pelo de su cabellera de mujer, formaban un perfume muy delicado e inconfundible que equivalía a la marca de un beso. Irma, para no deshacer su peinado, dormía sobre cinco almohadones de distintos tamaños. La posición que debía adoptar era sumamente forzada e incómoda. Consiguió en poco tiempo una seria desviación de la columna vertebral, pero no dejó por ese motivo de cuidar su peinado. Se mandó hacer el almohadón como chorizo relleno de arroz que usan los japoneses. Como era muy bajita (hasta dijeron que era enana), se mandó hacer unos zuecos con plataformas que medían veinte centímetros de alto. Consiguió que su marido se creyera más bajo que ella. Ella nunca se sacaba los zuecos, ni para dormir, y su estatura fue siempre motivo de admiración, de comentarios sobre las transformaciones de la raza. Como amazona se lució y, como nadadora, en varias oportunidades, también. Nadaba, es natural, con un pequeño salvavidas; y al caballo que montaba su cuidador le daba una buena dosis de neurótico para que su mansedumbre fuera perfecta. El caballo, que se llamaba Arisco, quedó un día dormido en medio de una cabalgata. La caída de Irma no tuvo mayores consecuencias ni puso en peligro su vida; lo único desagradable que le sucedió fue que se le rompió un diente. La coqueta volvió a su casa fingiendo tener afonía y no abrió la boca
durante un mes. Tampoco quiso comer. Buscó en la guía la dirección de un odontólogo.
Esperó dos horas, contemplando los países pintados en los vidrios de las ventanas, que le sugerían futuros viajes a los bosques del Sur, a las cataratas del Niágara, a Brasilia o a París; ya en los últimos momentos de la espera, cuando le anunciaron: “Puede pasar, señora”, el dentista le saludó como un gran señor o como un gran payaso, agachando la cabeza. Señaló la silla de las torturas, sobre la que se acomodó Irma. Después de un “vamos a ver qué pasa”, contempló la boca, no muy abierta por coquetería de la señora.
—Es este diente –gritó Irma—. Se me rompió en un accidente de caballo.
—De caballo –exclamó el dentista—. Qué términos violentos. No será para tanto. Vamos a examinar este collar de perlas –dijo—. ¿Y cómo dice que se produjo? Algún tarascón, sin duda. –El dentista gimió levemente al ver la perla quebrada—. Qué pena, en una boca tan perfecta. Abra, abra un poco más.
“Si mi marido estuviera en el cuarto de al lado”, pensó Irma, “qué imaginaría, él que es tan desconfiado”.
—Habrá que colocar un pivot –dijo el dentista—. No se va a notar, se lo puedo garantizar.
—¿Saldrá muy caro?
—Para estas perlas nada resultaría bastante valioso.
—Sin broma.
—Sin broma. Le haré un precio especial.
—¿Especialmente caro?
Tal vez se había excedido en las bromas, pues el facultativo le guiñó el ojo y le oprimió la pierna como con tenazas entre las de él, lo cual provocó un gemido, pero todo esto lo hizo respetuosamente, sin ningún alarde ni vacilación. Después de concretar, en una tarjeta rosada, la hora en que se empezaría el trabajo, Irma recogió sus guantes, la tarjeta, su bufanda y la cartera y, corriendo, salió del consultorio, donde tres enanas la miraban con envidia.
Transcurrieron los días sin que el marido lograra arrancar una palabra a su mujer. De noche, antes de acostarse y de besarlo, apagaba la luz.
Un arrullo de palomas le contestaba con el encanto habitual, porque, hablara o no hablara, la gracia era una de las especialidades de Irma.
—Te noto extraña –le dijo un día su marido—. Además nunca sé adónde vas por las tardes.
—Loquito, adónde voy a ir que no sea para pensar en vos.
Por lo menos hablaba.
—Me parece muy natural, inevitable casi podría decir, pero no creas que me quedo tranquilo. Sos el tipo de mujer moderna que tiene aceptación en todos lo círculos. Alta, de ojos celestes, de boca sensual, de labios gruesos, de cabellos ondulados, brillantes, que forman una cabeza que parece un soufflé, de esos también dorados, que despiertan mi alma golosa. ¡La pucha que me da miedo! Si fueras una enana o si tuvieras ojos negros, o el pelo pegoteado, mal peinado y las pestañas descoloridas... o si fueras ronca, ahí nomás; si no tuvieras esa vocesita de paloma. A veces me dan ganas de querer a una mujer así ¿sabes?Una mujer que fuera lo contrario de lo que sos. Así estaría más tranquilo.
—¿Qué sabés? ¿Acaso no hay otras cosas que la altura, el pelo, los ojos celestes, las
pestañas?
—Si lo sabré. Pero, asimismo, convendría que fueras menos vistosa.
—Vamos, vamos. ¿Querés acaso que me vista de monja?
—Y ese collar de perlas que se entrevé cuando sonreís, es lo más peligroso de todo.
—¿Querés que me arranque los dientes?
El marido de Irma cavilaba sobre la belleza de su mujer. “ Tal vez todo hubiera sido distinto si no fuera por la belleza. Me hubiera convenido que fuera feíta como Cora Pringosa. Era agradable y no me hubiera inquietado por ella, pues a quién le hubiera gustado y, si a alguien le hubiera gustado, a quién le hubiera importado.”
¿Adónde iría Irma por la tarde? Salía con prisa y volvía escondiéndose. Resolvió seguirla. Es bastante difícil seguir a una mujer que se fija en todo lo que la rodea. Fracasó varias veces en sus intentos porque se interceptó entre él y ella un automóvil, un colectivo, unas personas y hasta una bicicleta. Logró por fin seguirla hasta Córdoba y Esmeralda, donde tomó un taxi hasta la casa del dentista. Ahí bajó y entró sin que él supiera a qué piso iba. No había ninguna chapa indicadora. Esperó en la planta baja, fingiendo leer un diario. Subía y bajaba el ascensor. Se sentó en un escalón de mármol de la escalera.
Aquella tarde en que se aproximaba la primavera, el dentista acompañó a Irma hasta la puerta del ascensor. Al pasar junto a los vidrios pintados de las ventanas, el odontólogo murmuró:
—¿No sería lindo pasear por estos paisajes?
A Irma le pareció que la abrazaba en una cama de hotel. Se ruborizó y, al entrar en el ascensor, no dijo adiós.
—¿Está enojada? ¿Le hice doler? Sonría. Muéstreme mi obra de arte —exclamó el odontólogo asustado.
El ascensor se llevaba a la paciente entre sus rejas como a una prisionera.
Afuera llovía, ya estaba su marido apostado con un paraguas cerrado en la mano. Había oído las frases pornográficas pronunciadas por esa voz de barítono sensual. Ciego de rabia blandió el paraguas y, al asestar a Irma un golpe en la cabeza, le rompió el premolar recién colocado y simultáneamente se le cayeron los cristales de contacto, las pestañas, los postizos de su peinado; las sandalias altas fueron a parar debajo de un automóvil. No la reconoció.
—Discúlpeme, señora. La confundí. Creí que era mi esposa —dijo perturbado—. Ojalá fuese como usted; no sufriría tanto como estoy sufriendo.
Apresurado se alejó, sintiéndose culpable por haber dudado de la integridad de su mujer.

Fuente: Silvina Ocampo, Cuentos completos II, Ed. Emecé.

El que Jadea-Juan José Millás





El que Jadea                                Cuento de Juan José Millás


Descolgué el teléfono y escuché un jadeo venéreo al otro lado de la línea.
—¿Quién es? —pregunté.
—Yo soy el que jadea —respondió una voz neutra, quizás algo cansada.
Colgué, perplejo, y apareció mi mujer en la puerta del salón.
—¿Quién era?
—El que jadea —dije.
—Habérmelo pasado.
—¿Para qué?
—No sé, me da pena. Para que se aliviara un poco.
Continué leyendo el periódico y al poco volvió a sonar el aparato. Dejé que mi mujer se adelantara y sin despegar los ojos de las noticias de Internacional, como si estuviera interesado en la alta política, la oía hablar con el psicópata.
—No te importe —decía—, resopla todo lo que quieras, hijo. A mí no me das miedo. Si la gente fuera como tú, el mundo iría mejor. Al fin y al cabo, no matas, no atracas, no desfalcas. Y encima le das a ganar unas pesetas a la Telefónica. Otra cosa es que jadearas a costa del receptor. La semana pasada telefoneó un jadeador desde Nueva York a cobro revertido. Le dije que a cobro revertido le jadeara a su madre, hasta ahí podíamos llegar. Por cierto, que Madrid ya no tiene nada que envidiar a las grandes capitales del mundo en cuestión de jadeadores. Tú mismo eres tan profesional como uno americano. Enhorabuena, hijo.
A continuación escuchó un poco sofocada dos o tres tandas de jadeos, y colgó con naturalidad. Yo intenté reprimirme, creo que cada uno puede hacer lo que le dé la gana, pero no pude. Me salió la bestia autoritaria que llevo dentro.
—No me parece muy edificante la conversación que has tenido con ese degenerado, la verdad.
Ella se asomó a la página de mi periódico y al ver las fotos de las amantes de Clinton por orden alfabético respondió que un lector de pornografía barata no era quién para meterse con un pobre jadeador que vivía con su madre paralítica, y cuyo único desahogo sexual era el jadeo telefónico.
Me mordí la lengua para no discutir, porque era sábado y quería empezar bien el fin de semana. Pero el domingo, mientras mi mujer estaba en misa, telefoneó de nuevo el jadeador y le mandé a la mierda.
—Se lo voy a contar a tu mujer —respondió en tono de amenaza—. Le voy a decir cómo tratas tú a la gente educada y te vas a enterar de lo que vale un peine.
—Tampoco es para ponerse así —dije dando marcha atrás, no tenía ganas de líos domésticos—. Es que me has agarrado en un mal momento. Discúlpame.
—Está bien, está bien. ¿Y tu mujer?
—Se ha ido a misa.
—Dile que luego la llamo.
Me quedé un rato pensativo. Desde pequeño, siempre había deseado jadear por teléfono, pero mis padres decían que era una cosa de enfermos mentales. Me he perdido lo mejor de la vida por escrúpulos morales, o por prejuicios culturales, no sé. Pero al ver aquella relación tan sana entre mi mujer y el jadeador pensé que no podía ser malo. Así que marqué un número al azar y me puse a jadear como un loco, intentando recuperar los años perdidos.
—¿Quién es? —preguntó con cierta alarma una mujer cuya voz me resultó familiar.
—Soy el jadeador —dije con naturalidad.
—Espere, que le paso a mi marido.
El marido resultó ser mi padre, nos reconocimos en seguida. Inconscientemente, había marcado su número. Me dijo que ya sabían los dos que acabaría así y colgó. Luego llamaron a mi mujer y le contaron todo. Ella dice que quiere abandonarme, por psicópata, y me ha pedido que le firme unos papeles.
—Jadear a tu propia madre. ¿Dónde se ha visto eso?
Nunca acierto, sobre todo cuando imito a los demás para ponerme al día. Total, que ahora ya no puedo dejar de jadear, pero de angustia, aunque mis padres creen que lo hago por vicio.

jueves, 15 de agosto de 2019

Mientras agonizo de William Faulkner










William Faulkner con su caballo



Comentario sobre la obra y lectura de un fragmento en programa de radio por Christian Rodríguez y Sandra Russo.





Conferencia 

Para leer subtítulos en español , elegir traducción y luego traducción automática en configuración , barra inferior izquierda del reproductor .

Cursos Yale
Publicado el 5 abr. 2012

La profesora Wai Chee Dimock comienza su discusión sobre la obra de Faulkner "Mientras agonizo",en inglés " As I Lay Dying"  orienta la novela hacia la Gran Depresión en el Sur, como se centra en textos tan famosos como Let Us Now Praise Famous Men.
Una vez establecida esta macro historia, describe las técnicas narrativas de As I Lay Dying a través de dos lentes analíticos. primero, recurre a la noción de dialectos sociales de Bakhtin para subrayar el lenguaje que indexa a los blancos pobres como un tipo sureño. En segundo lugar, edirige la idea del secreto narrativo de Frank Kermode para mostrar cómo dos secretos en As I Lay Dying: el embarazo ilegítimo de Dewey Dell y el nacimiento ilegítimo de Jewel, se revelan gradualmente al lector a través de los múltiples narradores de Faulkner, cada uno de los cuales habla de un código socialmente codificado ,un dialecto,

00:00 - Capítulo 1. La Odisea y Mientras agonizo
04:34 - La cronología de Mientras agonizo
09:51 - La gran depresión y los blancos pobres
12:37 - Bakhtin y los dialectos sociales de la novela 
15:38 - Capítulo 5. Kermode y la génesis de los secretos en As I Lay Dying 
20:26 - Capítulo 6. La voz hablante y la responsabilidad moral de los blancos pobres
30:01 - Capítulo 7. Dewey Dell's Short Term Secret
38:09 - Capítulo 8. El secreto profundo arraigado de Darl, Jewel y Dewey Dell
38:24 - Capítulo 9. El retrato de los hermanos de Dewey Dell
43:26- Capítulo 10. Vardaman y el discurso de los niños 

Los materiales completos del curso están disponibles en el sitio web de Open Yale Courses: http://oyc.yale.edu 

Este curso fue grabado en el otoño de 2011.

martes, 13 de agosto de 2019

Literatura y Cocina



Seguimos con material para lectura en el Proyecto Literatura y Cocina 


Literatura y comida
Por Boullosa




Una sucesión de escenas y frases gastronómicas, a cuento del reciente lanzamiento de Escritos sobre la mesa (Editorial Adriana Hidalgo), con Mariana Dimópulos y Mariano García como compiladores.

1.

Una de mis cenas favoritas de la literatura es más bien una cena líquida. Tiene lugar dentro del relato “Kate Mc Kloud”, donde Truman Capote, a través de su alter ego P.B Jones, recuerda una noche fatal en que un grupo de personas con sus facultades mentales alteradas se juntaron a compartir una comida en la casa de un importante editor neoyorquino. La velada es en homenaje a Montgomery Clift en su momento de mayor esplendor y entre las invitadas también están Dorothy Parker y las actrices Tallulah Bankhead y Estelle Winwod. El mismo editor se ocupa de la comida (sopa senegalesa, estofado, ensalada, un surtido de quesos y soufflé de limón) y se sienta a esperar con P.B a los invitados, citados para las 7.30. Pasan los minutos, las horas, las ginebras y nadie aparece, el estofado se empieza a secar en la cocina y el anfitrión se impacienta. A las 9 estalla: "Dios mío, ¿no te das cuenta de lo que he hecho? Yo no sé Estelle, pero las otras tres son todas unas borrachas. He invitado a cenar a tres alcohólicas. Una ya está mal. Pero tres no acudirán nunca".

Finalmente los invitados tocan el timbre, completamente borrachos y más preocupados porque les hagan un refill continuo de bourbon que por probar ninguno de los platos preparados para la ocasión por el editor. La comida se convierte en un caos lleno de conversaciones que no llegan a ningún punto y escenas vergonzosas. Capote/PB Jones describe a los invitados con pinceladas ponzoñosas, como ésta: "Clift dejó caer un cigarrillo en su recipiente de sopa senegalesa que estaba intacto, y se quedó inerte, mirando fijamente el vacío, como si estuviera representando un soldado con neurosis de guerra".

 2.

En Descubrimientos (Adriana Hidalgo), el primer volumen que reúne parte de las crónicas de Clarice Lispector, también hay textos que aluden a la comida (y me gustan). En "Un pollito" Lispector escribe que su hijo se compró un pollito amarillo y luego de pregutarse qué va a hacer de él cuando crezca se pregunta y se responde: "¿Matar y comer? Lo que se cría no se mata".

La autora de La pasión según G.H también parece tener una fijación con las frutas y las estaciones. “Sabía con qué peso de dulzura el verano maduraría 100.000 naranjas”, dice en una parte.  Y luego: “Me acuerdo de aquella primavera: sé que comí la pera y desperdicié la mitad. Nunca tengo piedad en la primavera”.

3.

Escribir, luego beber. Una recomendación de Cortázar: “Tensa el arco al máximo mientras escribes y después suéltalo de un solo golpe y ve a beber vino con amigos”. Y otra, más parecida a un deseo, de la belga Amelie Nothomb: “Mi proyecto alquimista es convertirme en oro bebiendo mucho champán”.

4.

Nadie describió nunca mejor el whisky que Carson Mc Cullers en La balada del café triste ni el efecto benéfico de un dulce que Proust ni un banquete que Isak Dinesen en El festín de Babette.


5.

Hay un libro del inglés Jim Crace –misma camada que Martin Amis- dedicado íntegramente a historias relacionadas con la comida desde una perspectiva lúdica, siniestra, maliciosa: The devil´s larder. Se tradujo al castellano como La despensa del diablo y lo editó Emecé hace algunos años.

6.

Con Mariano García y Mariana Dimópulos como compiladores acaba de salir por Adriana Hidalgo Escritos sobre la mesa, un volumen que reúne más de 130 textos de filósofos, historiadores, escritores y poetas sobre la comida divididos en distintas categorías: "Escasez", "Recetas y cocineros", "Maneras de mesa", "Dieta", "A la intemperie", "Buenas y malas compañías", "Café y té", "Alcoholes", "Otras comidas, otros comensales", "Abundancia", "Ritos y magia" y "El futuro". En el prólogo, García y Dimópulos afirman que “la literatura está tan llena de comida como de alusiones su escasez” y que eso no es de extrañar porque, junto con las condiciones climáticas, la comida “está en el centro de las preocupaciones cotidianas del ser humano”.

7.

La escena memorable en la que Oliver Twist se anima a pedir una segunda ración de gachas en el orfanato, los reparos de Nietzsche acerca del vegetarianismo, una oda al vino por Baudelaire, instrucciones para el buen consumo del café por Balzac –“el café es un torrefactor interior”-, una apología del matambre por Esteban Echeverría, Walter Benjamin devorando unos higos hasta asquearse, Proust volviendo a la infancia de la mano de una magdalena, un guiso con sobredosis de pimentón en La traición de Rita Hayworth, los cócteles en el jardín de Gatsby o una rutina de almuerzo en una casona rusa en Oblomov. Todo esto y más se sucede en “Escritos sobre la mesa”.

8.

Entre todos los subrayados que marqué en el libro, muchos, rescato uno sobre la escasez. Es un fragmento de La música del hambre donde el nobel Le Clezio recuerda los padecimientos alimentarios que sintió de chico, al final de la Segunda Guerra Mundial.

“Esa hambre está en mí. No puedo olvidarla (…). ¿Fui desdichado? No lo sé. Simplemente recuerdo que un día me desperté y conocí por fin la maravilla de las sensaciones saciadas. Con ese pan demasiado blanco, demasiado dulce, con olor demasiado rico, ese aceite de pescado que corre por mi garganta, esas cucharadas de leche en polvo que forman una pasta en el fondo de mi boca, contra mi lengua, fue cuando comencé a vivir. Salí de los años grises y entré en la luz. Era libre. Existía.

La maravilla de las sensaciones saciadas.

Fuente: Blog Eterna Cadencia Escritos sobre la mesa

Otro obra es un libro de Fotografías de Dinah Fried 






El libro "Fictitious dishes",Platos Ficticios en español,  de Dinah Fried quien  ofrece un sabroso recorrido fotográfico por la literatura universal.

Retrata de forma imaginaría los platos de cuentos como Alicia en el País de las Maravillas u Oliver Twist, entre otros.

La idea es sencilla, se trata de representar cómo sería nuestra visión si nos sentáramos a la mesa y fuéramos un personaje de ficción de algún cuento clásico. Así, en la mesa de Alicia encontramos una vajilla altamente decorada, un juego de té y detalles como cartas de póker y un cronómetro de mano.

Platos ficticios: un álbum de las comidas más memorables de la literatura ,un libro de cincuenta fotografías de comidas de literatura célebre, que van desde El jardín secreto hasta El miedo y el asco en Las Vegas . 


Platos de cuento - Oliver Twist
En el lado opuesto, encontramos la mesa del pobre huérfano Oliver: una mesa austera de madera, unas gachas en un cuenco metálico, una cuchara de madera y una taza con leche.

No son las únicas mesas representadas, hay otras de personajes famosos como la de Ismael, el marinero protagonista de Moby Dick, y algunas más recientes como la de Lisbeth Salander, la hacker de Los hombres que no amaban a las mujeres o la de Holden Caulfield, de la en su día polémica novela de J.D Salinger: El guardián  en el centeno.


LAS AVENTURAS DE ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

“'Toma un poco de vino', dijo la Liebre de marzo en un tono alentador. Alice miró alrededor de la mesa, pero no había nada más que té





Sin duda, un trabajo excelente, no solo por la idea, que es genial, porque nos permite imaginar de los personajes algo tan íntimo como la comida, sino también por la magnífica ejecución, de nuevo con un plano cenital por el que claramente mi ojo siente predilección.











Literatura y cocina




Estoy en un Proyecto a futuro de organizar eventos de Literatura y cocina .
Por eso cada nota que encuentro sobre este tema lo dejo aquí como información, difusión y si alguien quiere aportar alguna idea, sugerencia ,serán bienvenidas.

El artículo siguiente fue publicado en 2014 en el Diario El Paísde España.
En breve agregaré más detalles sobre las obras que menciona y reseñas sobre los libros que refiere.
Abajo dejo los enlaces a fuente.








Un festín literario
Coinciden en las librerías diferentes obras en las que la cocina tiene un papel central. La novela negra se ha convertido en el mejor refugio literario de la gastronomía.


En dos de los momentos cumbre de la literatura universal, la comida tiene un papel central: el principio de El Quijote :

"Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían tres partes de su hacienda"— y la Magdalena de Proust: la cadena de recuerdos que surgen al principio de En busca del tiempo perdido se desata cuando el narrador prueba el sabor del bollo mezclado con el té. 








"Todas las literaturas hablan de comida. No conozco ninguna que evite el tema", explica el sabio de los libros Alberto Manguel, autor Una historia de la lectura. Desde el Satiricón de Petronio hasta El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald; desde Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, hasta el Cuento de Navidad de Dickens, desde la picaresca hasta Gargantúa y Pantagruel, de Rabelais, comida y literatura siempre han ido unidas. No es de extrañar. Como escribe el periodista y escritor argentino Martín Caparrós en Comí (Anagrama): "Supongamos que se puede suponer que desde que cumplí dos años comí con cierta regularidad dos comidas principales al día: en tal caso llevaríamos comidas, en estos cincuenta y siete años, cuatro meses, seis días, unas 41.910 principales". Tras diferentes cálculos, Caparrós concluye que "el total se elevaría a 59.456 comidas comidas" a lo largo de su existencia.



La cocina se ha convertido en una parte imprescindible de las novelas del siciliano Andrea Camilleri o de la estadounidense Donna Leon


Más allá de cualquier moda relacionada con la alta cocina, la comida es importante en los libros porque lo es en la vida. El ensayista John Dickie demuestra en ¡Delizia!, que acaba de publicar Debate, que se puede contar la historia de Italia a través de la cocina, y Guillaume Long prueba con A comer y a beber. Con las manos en la masa (Salamandra Gráfica) que se puede dibujar un libro de recetas en forma de cómic, mientras que Predrag Matvejevic relata en Nuestro pan de cada día (Acantilado) el poder simbólico y cultural de ese elemento esencial de la cocina. En las mesas de novedades se han multiplicado en los últimos meses los libros en los que la comida tiene un papel importante: La cocinera de Himmler (Alfaguara), una gran novela histórica con una cocinera como protagonista del francés Franz-Olivier Giesbert; Una cocina a prueba de ratones (Salamandra), un relato de Saira Shah en la estela de Un año en Provenza o Bajo el sol de Toscana; El último banquete (Alevosía), en el que el maltés Jonathan Grimwood construye un relato de aventuras y sabores en la Era de las Luces; o Comí, de Martín Caparrós, una narración provocadora e inteligente sobre el papel de la comida en la sociedad.




"La comida es importante en mi vida y en mi trabajo, como en la vida de cualquier ser humano", explica la escritora siciliana Simonetta Agnello Hornby, que acaba de publicar El veneno de las adelfas (Tusquets). Residente en Londres y prestigiosa jurista, Agnello Hornby ha desarrollado una doble carrera literaria, como narradora de historias ambientadas en su Sicilia natal como la magistral La mennulara, pero también como autora de libros sobre cocina como La cucina del buon gusto, Un filo d'olio o Il pranzo di Mose, que sale en noviembre. "Es una parte de nuestra cultura porque, a diferencia de otras criaturas, cocinamos los alimentos, nos da placer y es el

último de los placeres humanos del que disfrutamos hasta la muerte. Al escribir sobre la gente no podemos excluir lo que comen y como lo comen", explica.

Caparrós, que acaba de publicar en América Latina El hambre (en España saldrá en febrero), un largo reportaje sobre la falta de alimentos en el mundo, cree, en cambio, que "no es fácil hacer literatura con esa actividad tan aparentemente rutinaria como es comer". "Las presencias fuertes de la comida en la literatura clásica tienen que ver con lo extraordinario, la fiesta, la desmesura. Lo primero que uno piensa es en Rabelais, el desenfreno por excelencia. En castellano, en cambio, la característica más notoria de la comida es que no hay: el Buscón y su hambre memorable, que sirve de modelo a tantos después. Y en estos días la comida no aparece mucho más, creo. Hasta que alguien se decida a escribir una gran farsa sobre la comida como 'arte fácil' en nuestras sociedades y se divierta como un perro", afirma.



Pese a que es casi una tradición del género que los policías, como el comisario sueco Kurt Wallander, se alimenten de una forma que pondría los pelos de punta al endocrino más curado de espantos, el gran refugio literario de la cocina en la actualidad está en la novela negra. Siguiendo la senda abierta por Manuel Vázquez Montalbán y su detective gourmet Pepe Carvalho, la cocina se ha convertido en una parte imprescindible de las novelas del siciliano Andrea Camilleri —su comisario se llama Montalbán en homenaje al escritor catalán— o de la estadounidense residente en Venecia, Donna Leon. "Al comisario Montalbano le encanta comer. Las descripciones de los platos de pescado y de las pastas son deliciosas y son capaces de reflejar todos los sabores de la cultura culinaria de la costa sur de Sicilia", asegura Simonetta Agnello Hornby.

"Sherlock Holmes tocaba el violín. Yo cocino", decía el detective de Vázquez Montalbán, cuya sabiduría gastronómica fue reunida en Carvalho Gourmet (Planeta). Donna Leon también ha publicado su propio libro de recetas, El sabor de Venecia (Seix Barral), escrito a medias con Roberta Pianaro. Sin embargo, Montalbano no tiene todavía su recetario pese a que a sus lectores nos encantaría tener a mano los secretos de la Trattoria de Enzo, en la que el comisario se da unos atracones monumentales, o ser capaces de reconstruir los platos que Adelina le deja en la nevera o el horno siempre que Livia no se encuentre en Marinella. Los arancini (una especie de croqueta de arroz rellena, típica de Sicilia que puede ser un mazacote infame o un manjar inolvidable), la caponata (un pisto de berenjena con piñones, vinagre y sin pimiento), los espaguetis negros o con almejas, los salmonetes fritos, la pasta al horno o a la Norma, las sardinas rellenas, la merluza con salsa de anchoas y vinagre, el estofado de ternera a la siciliana huelen y saben en las novelas de comisario Montalbano —toda la serie está editada por Salamandra, la última entrega publicada en castellano es Juego de espejos—. Eso sí, hay que comer todos estos en manjares en riguroso silencio.

La autora de libros de cocina Inés Ortega, que está trabajando en un ensayo sobre la relación entre la literatura y la comida y que publicará en octubre en Siruela Bienvenidos a la cocina. 114 recetas para jóvenes y no tan jóvenes, recuerda a otro detective clásico en el que la gastronomía juega un papel muy importante: el comisario Maigret, de Georges Simenon, cuyos libros está reeditando Acantilado. "He aprendido.


muchas recetas leyendo literatura que han enriquecido mi acervo gastronómico, de la esposa del comisario Maigret he practicado varias", explica Inés Ortega, que acaba de reeditar en forma de aplicación para tabletas y teléfonos móviles uno de los grandes clásicos de la cocina española, 1.080 recetas, de su madre, Simone Ortega. "Me acuerdo de unas caballas al horno, gallina hecha en una cazuela, brandada de bacalao o el famosísimo pollo al horno. Fueron recogidas por el periodista gastronómico francés Robert J. Courtine en el libro Las recetas de Madame Maigret (Ediciones B)", explica.

Caparrós, que acaba de publicar El hambre, un largo reportaje sobre la falta de alimentos en el mundo



No es exactamente literatura policiaca, aunque se acerca mucho: los periodistas Jacques Kermoal y Martine Bartolomei escribieron un libro estupendo sobre un tema que el cine ha explotado hasta la saciedad, la relación entre la criminalidad organizada y la comida. La mafia se sienta a la mesa (Tusquets) parte de un planteamiento muy original: cuenta una comida muy importante en la historia de la mafia y luego ofrece la receta de lo que se puso sobre la mesa. En sus páginas se pueden encontrar platos tan contundentes como la pasta con garbanzos o el bolito, el cocido italiano; postres como el helado de sandía o la tarta al café, o clásicos de la pasta como a la tinta de sepia o con sardinas, que resumen la historia de Sicilia.

Resulta casi imposible escoger para cerrar un momento que una la literatura con la comida. Alberto Manguel recuerda "el té del Sombrero Loco, donde la manteca sirve para reparar relojes y se ofrece un vino inexistente" en Alicia en el País de las Maravillas; el italiano Ugo Cornia, autor de Sobre la felicidad a ultranza (Periférica), que reside en Módena, en el norte de Italia, uno de los lugares del mundo que más en serio se toman la comida, se queda con la historia del cocinero Chichibio, en el Decamerón de Boccaccio —¿tienen las garzas una o dos patas?—. Giuseppe Tomasi di Lampedusa ofrece en El Gatopardo (Alianza, en traducción de Fernando Gutiérrez), con el timbal de macarrones, una buena forma para despedir estas líneas: "El oro bruñido de la costra tostada, la fragancia de azúcar y canela que trascendía, no eran más que el preludio de la sensación de deleite que se liberaba del interior cuando el cuchillo rompía la tostadita capa: surgía primero un vapor cargado de aromas y asomaban luego los menudillos de pollo, los huevecillos duros, las hilachas de jamón, de pollo y el picadillo de trufa en la masa untuosa, muy caliente, de los macarrones cortados, cuya extracto de carne daba un precioso color gamuza.

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