sábado, 17 de agosto de 2019

El que Jadea-Juan José Millás





El que Jadea                                Cuento de Juan José Millás


Descolgué el teléfono y escuché un jadeo venéreo al otro lado de la línea.
—¿Quién es? —pregunté.
—Yo soy el que jadea —respondió una voz neutra, quizás algo cansada.
Colgué, perplejo, y apareció mi mujer en la puerta del salón.
—¿Quién era?
—El que jadea —dije.
—Habérmelo pasado.
—¿Para qué?
—No sé, me da pena. Para que se aliviara un poco.
Continué leyendo el periódico y al poco volvió a sonar el aparato. Dejé que mi mujer se adelantara y sin despegar los ojos de las noticias de Internacional, como si estuviera interesado en la alta política, la oía hablar con el psicópata.
—No te importe —decía—, resopla todo lo que quieras, hijo. A mí no me das miedo. Si la gente fuera como tú, el mundo iría mejor. Al fin y al cabo, no matas, no atracas, no desfalcas. Y encima le das a ganar unas pesetas a la Telefónica. Otra cosa es que jadearas a costa del receptor. La semana pasada telefoneó un jadeador desde Nueva York a cobro revertido. Le dije que a cobro revertido le jadeara a su madre, hasta ahí podíamos llegar. Por cierto, que Madrid ya no tiene nada que envidiar a las grandes capitales del mundo en cuestión de jadeadores. Tú mismo eres tan profesional como uno americano. Enhorabuena, hijo.
A continuación escuchó un poco sofocada dos o tres tandas de jadeos, y colgó con naturalidad. Yo intenté reprimirme, creo que cada uno puede hacer lo que le dé la gana, pero no pude. Me salió la bestia autoritaria que llevo dentro.
—No me parece muy edificante la conversación que has tenido con ese degenerado, la verdad.
Ella se asomó a la página de mi periódico y al ver las fotos de las amantes de Clinton por orden alfabético respondió que un lector de pornografía barata no era quién para meterse con un pobre jadeador que vivía con su madre paralítica, y cuyo único desahogo sexual era el jadeo telefónico.
Me mordí la lengua para no discutir, porque era sábado y quería empezar bien el fin de semana. Pero el domingo, mientras mi mujer estaba en misa, telefoneó de nuevo el jadeador y le mandé a la mierda.
—Se lo voy a contar a tu mujer —respondió en tono de amenaza—. Le voy a decir cómo tratas tú a la gente educada y te vas a enterar de lo que vale un peine.
—Tampoco es para ponerse así —dije dando marcha atrás, no tenía ganas de líos domésticos—. Es que me has agarrado en un mal momento. Discúlpame.
—Está bien, está bien. ¿Y tu mujer?
—Se ha ido a misa.
—Dile que luego la llamo.
Me quedé un rato pensativo. Desde pequeño, siempre había deseado jadear por teléfono, pero mis padres decían que era una cosa de enfermos mentales. Me he perdido lo mejor de la vida por escrúpulos morales, o por prejuicios culturales, no sé. Pero al ver aquella relación tan sana entre mi mujer y el jadeador pensé que no podía ser malo. Así que marqué un número al azar y me puse a jadear como un loco, intentando recuperar los años perdidos.
—¿Quién es? —preguntó con cierta alarma una mujer cuya voz me resultó familiar.
—Soy el jadeador —dije con naturalidad.
—Espere, que le paso a mi marido.
El marido resultó ser mi padre, nos reconocimos en seguida. Inconscientemente, había marcado su número. Me dijo que ya sabían los dos que acabaría así y colgó. Luego llamaron a mi mujer y le contaron todo. Ella dice que quiere abandonarme, por psicópata, y me ha pedido que le firme unos papeles.
—Jadear a tu propia madre. ¿Dónde se ha visto eso?
Nunca acierto, sobre todo cuando imito a los demás para ponerme al día. Total, que ahora ya no puedo dejar de jadear, pero de angustia, aunque mis padres creen que lo hago por vicio.

jueves, 15 de agosto de 2019

Mientras agonizo de William Faulkner










William Faulkner con su caballo



Comentario sobre la obra y lectura de un fragmento en programa de radio por Christian Rodríguez y Sandra Russo.





Conferencia 

Para leer subtítulos en español , elegir traducción y luego traducción automática en configuración , barra inferior izquierda del reproductor .

Cursos Yale
Publicado el 5 abr. 2012

La profesora Wai Chee Dimock comienza su discusión sobre la obra de Faulkner "Mientras agonizo",en inglés " As I Lay Dying"  orienta la novela hacia la Gran Depresión en el Sur, como se centra en textos tan famosos como Let Us Now Praise Famous Men.
Una vez establecida esta macro historia, describe las técnicas narrativas de As I Lay Dying a través de dos lentes analíticos. primero, recurre a la noción de dialectos sociales de Bakhtin para subrayar el lenguaje que indexa a los blancos pobres como un tipo sureño. En segundo lugar, edirige la idea del secreto narrativo de Frank Kermode para mostrar cómo dos secretos en As I Lay Dying: el embarazo ilegítimo de Dewey Dell y el nacimiento ilegítimo de Jewel, se revelan gradualmente al lector a través de los múltiples narradores de Faulkner, cada uno de los cuales habla de un código socialmente codificado ,un dialecto,

00:00 - Capítulo 1. La Odisea y Mientras agonizo
04:34 - La cronología de Mientras agonizo
09:51 - La gran depresión y los blancos pobres
12:37 - Bakhtin y los dialectos sociales de la novela 
15:38 - Capítulo 5. Kermode y la génesis de los secretos en As I Lay Dying 
20:26 - Capítulo 6. La voz hablante y la responsabilidad moral de los blancos pobres
30:01 - Capítulo 7. Dewey Dell's Short Term Secret
38:09 - Capítulo 8. El secreto profundo arraigado de Darl, Jewel y Dewey Dell
38:24 - Capítulo 9. El retrato de los hermanos de Dewey Dell
43:26- Capítulo 10. Vardaman y el discurso de los niños 

Los materiales completos del curso están disponibles en el sitio web de Open Yale Courses: http://oyc.yale.edu 

Este curso fue grabado en el otoño de 2011.

martes, 13 de agosto de 2019

Literatura y Cocina



Seguimos con material para lectura en el Proyecto Literatura y Cocina 


Literatura y comida
Por Boullosa




Una sucesión de escenas y frases gastronómicas, a cuento del reciente lanzamiento de Escritos sobre la mesa (Editorial Adriana Hidalgo), con Mariana Dimópulos y Mariano García como compiladores.

1.

Una de mis cenas favoritas de la literatura es más bien una cena líquida. Tiene lugar dentro del relato “Kate Mc Kloud”, donde Truman Capote, a través de su alter ego P.B Jones, recuerda una noche fatal en que un grupo de personas con sus facultades mentales alteradas se juntaron a compartir una comida en la casa de un importante editor neoyorquino. La velada es en homenaje a Montgomery Clift en su momento de mayor esplendor y entre las invitadas también están Dorothy Parker y las actrices Tallulah Bankhead y Estelle Winwod. El mismo editor se ocupa de la comida (sopa senegalesa, estofado, ensalada, un surtido de quesos y soufflé de limón) y se sienta a esperar con P.B a los invitados, citados para las 7.30. Pasan los minutos, las horas, las ginebras y nadie aparece, el estofado se empieza a secar en la cocina y el anfitrión se impacienta. A las 9 estalla: "Dios mío, ¿no te das cuenta de lo que he hecho? Yo no sé Estelle, pero las otras tres son todas unas borrachas. He invitado a cenar a tres alcohólicas. Una ya está mal. Pero tres no acudirán nunca".

Finalmente los invitados tocan el timbre, completamente borrachos y más preocupados porque les hagan un refill continuo de bourbon que por probar ninguno de los platos preparados para la ocasión por el editor. La comida se convierte en un caos lleno de conversaciones que no llegan a ningún punto y escenas vergonzosas. Capote/PB Jones describe a los invitados con pinceladas ponzoñosas, como ésta: "Clift dejó caer un cigarrillo en su recipiente de sopa senegalesa que estaba intacto, y se quedó inerte, mirando fijamente el vacío, como si estuviera representando un soldado con neurosis de guerra".

 2.

En Descubrimientos (Adriana Hidalgo), el primer volumen que reúne parte de las crónicas de Clarice Lispector, también hay textos que aluden a la comida (y me gustan). En "Un pollito" Lispector escribe que su hijo se compró un pollito amarillo y luego de pregutarse qué va a hacer de él cuando crezca se pregunta y se responde: "¿Matar y comer? Lo que se cría no se mata".

La autora de La pasión según G.H también parece tener una fijación con las frutas y las estaciones. “Sabía con qué peso de dulzura el verano maduraría 100.000 naranjas”, dice en una parte.  Y luego: “Me acuerdo de aquella primavera: sé que comí la pera y desperdicié la mitad. Nunca tengo piedad en la primavera”.

3.

Escribir, luego beber. Una recomendación de Cortázar: “Tensa el arco al máximo mientras escribes y después suéltalo de un solo golpe y ve a beber vino con amigos”. Y otra, más parecida a un deseo, de la belga Amelie Nothomb: “Mi proyecto alquimista es convertirme en oro bebiendo mucho champán”.

4.

Nadie describió nunca mejor el whisky que Carson Mc Cullers en La balada del café triste ni el efecto benéfico de un dulce que Proust ni un banquete que Isak Dinesen en El festín de Babette.


5.

Hay un libro del inglés Jim Crace –misma camada que Martin Amis- dedicado íntegramente a historias relacionadas con la comida desde una perspectiva lúdica, siniestra, maliciosa: The devil´s larder. Se tradujo al castellano como La despensa del diablo y lo editó Emecé hace algunos años.

6.

Con Mariano García y Mariana Dimópulos como compiladores acaba de salir por Adriana Hidalgo Escritos sobre la mesa, un volumen que reúne más de 130 textos de filósofos, historiadores, escritores y poetas sobre la comida divididos en distintas categorías: "Escasez", "Recetas y cocineros", "Maneras de mesa", "Dieta", "A la intemperie", "Buenas y malas compañías", "Café y té", "Alcoholes", "Otras comidas, otros comensales", "Abundancia", "Ritos y magia" y "El futuro". En el prólogo, García y Dimópulos afirman que “la literatura está tan llena de comida como de alusiones su escasez” y que eso no es de extrañar porque, junto con las condiciones climáticas, la comida “está en el centro de las preocupaciones cotidianas del ser humano”.

7.

La escena memorable en la que Oliver Twist se anima a pedir una segunda ración de gachas en el orfanato, los reparos de Nietzsche acerca del vegetarianismo, una oda al vino por Baudelaire, instrucciones para el buen consumo del café por Balzac –“el café es un torrefactor interior”-, una apología del matambre por Esteban Echeverría, Walter Benjamin devorando unos higos hasta asquearse, Proust volviendo a la infancia de la mano de una magdalena, un guiso con sobredosis de pimentón en La traición de Rita Hayworth, los cócteles en el jardín de Gatsby o una rutina de almuerzo en una casona rusa en Oblomov. Todo esto y más se sucede en “Escritos sobre la mesa”.

8.

Entre todos los subrayados que marqué en el libro, muchos, rescato uno sobre la escasez. Es un fragmento de La música del hambre donde el nobel Le Clezio recuerda los padecimientos alimentarios que sintió de chico, al final de la Segunda Guerra Mundial.

“Esa hambre está en mí. No puedo olvidarla (…). ¿Fui desdichado? No lo sé. Simplemente recuerdo que un día me desperté y conocí por fin la maravilla de las sensaciones saciadas. Con ese pan demasiado blanco, demasiado dulce, con olor demasiado rico, ese aceite de pescado que corre por mi garganta, esas cucharadas de leche en polvo que forman una pasta en el fondo de mi boca, contra mi lengua, fue cuando comencé a vivir. Salí de los años grises y entré en la luz. Era libre. Existía.

La maravilla de las sensaciones saciadas.

Fuente: Blog Eterna Cadencia Escritos sobre la mesa

Otro obra es un libro de Fotografías de Dinah Fried 






El libro "Fictitious dishes",Platos Ficticios en español,  de Dinah Fried quien  ofrece un sabroso recorrido fotográfico por la literatura universal.

Retrata de forma imaginaría los platos de cuentos como Alicia en el País de las Maravillas u Oliver Twist, entre otros.

La idea es sencilla, se trata de representar cómo sería nuestra visión si nos sentáramos a la mesa y fuéramos un personaje de ficción de algún cuento clásico. Así, en la mesa de Alicia encontramos una vajilla altamente decorada, un juego de té y detalles como cartas de póker y un cronómetro de mano.

Platos ficticios: un álbum de las comidas más memorables de la literatura ,un libro de cincuenta fotografías de comidas de literatura célebre, que van desde El jardín secreto hasta El miedo y el asco en Las Vegas . 


Platos de cuento - Oliver Twist
En el lado opuesto, encontramos la mesa del pobre huérfano Oliver: una mesa austera de madera, unas gachas en un cuenco metálico, una cuchara de madera y una taza con leche.

No son las únicas mesas representadas, hay otras de personajes famosos como la de Ismael, el marinero protagonista de Moby Dick, y algunas más recientes como la de Lisbeth Salander, la hacker de Los hombres que no amaban a las mujeres o la de Holden Caulfield, de la en su día polémica novela de J.D Salinger: El guardián  en el centeno.


LAS AVENTURAS DE ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

“'Toma un poco de vino', dijo la Liebre de marzo en un tono alentador. Alice miró alrededor de la mesa, pero no había nada más que té





Sin duda, un trabajo excelente, no solo por la idea, que es genial, porque nos permite imaginar de los personajes algo tan íntimo como la comida, sino también por la magnífica ejecución, de nuevo con un plano cenital por el que claramente mi ojo siente predilección.











Literatura y cocina




Estoy en un Proyecto a futuro de organizar eventos de Literatura y cocina .
Por eso cada nota que encuentro sobre este tema lo dejo aquí como información, difusión y si alguien quiere aportar alguna idea, sugerencia ,serán bienvenidas.

El artículo siguiente fue publicado en 2014 en el Diario El Paísde España.
En breve agregaré más detalles sobre las obras que menciona y reseñas sobre los libros que refiere.
Abajo dejo los enlaces a fuente.








Un festín literario
Coinciden en las librerías diferentes obras en las que la cocina tiene un papel central. La novela negra se ha convertido en el mejor refugio literario de la gastronomía.


En dos de los momentos cumbre de la literatura universal, la comida tiene un papel central: el principio de El Quijote :

"Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían tres partes de su hacienda"— y la Magdalena de Proust: la cadena de recuerdos que surgen al principio de En busca del tiempo perdido se desata cuando el narrador prueba el sabor del bollo mezclado con el té. 








"Todas las literaturas hablan de comida. No conozco ninguna que evite el tema", explica el sabio de los libros Alberto Manguel, autor Una historia de la lectura. Desde el Satiricón de Petronio hasta El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald; desde Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, hasta el Cuento de Navidad de Dickens, desde la picaresca hasta Gargantúa y Pantagruel, de Rabelais, comida y literatura siempre han ido unidas. No es de extrañar. Como escribe el periodista y escritor argentino Martín Caparrós en Comí (Anagrama): "Supongamos que se puede suponer que desde que cumplí dos años comí con cierta regularidad dos comidas principales al día: en tal caso llevaríamos comidas, en estos cincuenta y siete años, cuatro meses, seis días, unas 41.910 principales". Tras diferentes cálculos, Caparrós concluye que "el total se elevaría a 59.456 comidas comidas" a lo largo de su existencia.



La cocina se ha convertido en una parte imprescindible de las novelas del siciliano Andrea Camilleri o de la estadounidense Donna Leon


Más allá de cualquier moda relacionada con la alta cocina, la comida es importante en los libros porque lo es en la vida. El ensayista John Dickie demuestra en ¡Delizia!, que acaba de publicar Debate, que se puede contar la historia de Italia a través de la cocina, y Guillaume Long prueba con A comer y a beber. Con las manos en la masa (Salamandra Gráfica) que se puede dibujar un libro de recetas en forma de cómic, mientras que Predrag Matvejevic relata en Nuestro pan de cada día (Acantilado) el poder simbólico y cultural de ese elemento esencial de la cocina. En las mesas de novedades se han multiplicado en los últimos meses los libros en los que la comida tiene un papel importante: La cocinera de Himmler (Alfaguara), una gran novela histórica con una cocinera como protagonista del francés Franz-Olivier Giesbert; Una cocina a prueba de ratones (Salamandra), un relato de Saira Shah en la estela de Un año en Provenza o Bajo el sol de Toscana; El último banquete (Alevosía), en el que el maltés Jonathan Grimwood construye un relato de aventuras y sabores en la Era de las Luces; o Comí, de Martín Caparrós, una narración provocadora e inteligente sobre el papel de la comida en la sociedad.




"La comida es importante en mi vida y en mi trabajo, como en la vida de cualquier ser humano", explica la escritora siciliana Simonetta Agnello Hornby, que acaba de publicar El veneno de las adelfas (Tusquets). Residente en Londres y prestigiosa jurista, Agnello Hornby ha desarrollado una doble carrera literaria, como narradora de historias ambientadas en su Sicilia natal como la magistral La mennulara, pero también como autora de libros sobre cocina como La cucina del buon gusto, Un filo d'olio o Il pranzo di Mose, que sale en noviembre. "Es una parte de nuestra cultura porque, a diferencia de otras criaturas, cocinamos los alimentos, nos da placer y es el

último de los placeres humanos del que disfrutamos hasta la muerte. Al escribir sobre la gente no podemos excluir lo que comen y como lo comen", explica.

Caparrós, que acaba de publicar en América Latina El hambre (en España saldrá en febrero), un largo reportaje sobre la falta de alimentos en el mundo, cree, en cambio, que "no es fácil hacer literatura con esa actividad tan aparentemente rutinaria como es comer". "Las presencias fuertes de la comida en la literatura clásica tienen que ver con lo extraordinario, la fiesta, la desmesura. Lo primero que uno piensa es en Rabelais, el desenfreno por excelencia. En castellano, en cambio, la característica más notoria de la comida es que no hay: el Buscón y su hambre memorable, que sirve de modelo a tantos después. Y en estos días la comida no aparece mucho más, creo. Hasta que alguien se decida a escribir una gran farsa sobre la comida como 'arte fácil' en nuestras sociedades y se divierta como un perro", afirma.



Pese a que es casi una tradición del género que los policías, como el comisario sueco Kurt Wallander, se alimenten de una forma que pondría los pelos de punta al endocrino más curado de espantos, el gran refugio literario de la cocina en la actualidad está en la novela negra. Siguiendo la senda abierta por Manuel Vázquez Montalbán y su detective gourmet Pepe Carvalho, la cocina se ha convertido en una parte imprescindible de las novelas del siciliano Andrea Camilleri —su comisario se llama Montalbán en homenaje al escritor catalán— o de la estadounidense residente en Venecia, Donna Leon. "Al comisario Montalbano le encanta comer. Las descripciones de los platos de pescado y de las pastas son deliciosas y son capaces de reflejar todos los sabores de la cultura culinaria de la costa sur de Sicilia", asegura Simonetta Agnello Hornby.

"Sherlock Holmes tocaba el violín. Yo cocino", decía el detective de Vázquez Montalbán, cuya sabiduría gastronómica fue reunida en Carvalho Gourmet (Planeta). Donna Leon también ha publicado su propio libro de recetas, El sabor de Venecia (Seix Barral), escrito a medias con Roberta Pianaro. Sin embargo, Montalbano no tiene todavía su recetario pese a que a sus lectores nos encantaría tener a mano los secretos de la Trattoria de Enzo, en la que el comisario se da unos atracones monumentales, o ser capaces de reconstruir los platos que Adelina le deja en la nevera o el horno siempre que Livia no se encuentre en Marinella. Los arancini (una especie de croqueta de arroz rellena, típica de Sicilia que puede ser un mazacote infame o un manjar inolvidable), la caponata (un pisto de berenjena con piñones, vinagre y sin pimiento), los espaguetis negros o con almejas, los salmonetes fritos, la pasta al horno o a la Norma, las sardinas rellenas, la merluza con salsa de anchoas y vinagre, el estofado de ternera a la siciliana huelen y saben en las novelas de comisario Montalbano —toda la serie está editada por Salamandra, la última entrega publicada en castellano es Juego de espejos—. Eso sí, hay que comer todos estos en manjares en riguroso silencio.

La autora de libros de cocina Inés Ortega, que está trabajando en un ensayo sobre la relación entre la literatura y la comida y que publicará en octubre en Siruela Bienvenidos a la cocina. 114 recetas para jóvenes y no tan jóvenes, recuerda a otro detective clásico en el que la gastronomía juega un papel muy importante: el comisario Maigret, de Georges Simenon, cuyos libros está reeditando Acantilado. "He aprendido.


muchas recetas leyendo literatura que han enriquecido mi acervo gastronómico, de la esposa del comisario Maigret he practicado varias", explica Inés Ortega, que acaba de reeditar en forma de aplicación para tabletas y teléfonos móviles uno de los grandes clásicos de la cocina española, 1.080 recetas, de su madre, Simone Ortega. "Me acuerdo de unas caballas al horno, gallina hecha en una cazuela, brandada de bacalao o el famosísimo pollo al horno. Fueron recogidas por el periodista gastronómico francés Robert J. Courtine en el libro Las recetas de Madame Maigret (Ediciones B)", explica.

Caparrós, que acaba de publicar El hambre, un largo reportaje sobre la falta de alimentos en el mundo



No es exactamente literatura policiaca, aunque se acerca mucho: los periodistas Jacques Kermoal y Martine Bartolomei escribieron un libro estupendo sobre un tema que el cine ha explotado hasta la saciedad, la relación entre la criminalidad organizada y la comida. La mafia se sienta a la mesa (Tusquets) parte de un planteamiento muy original: cuenta una comida muy importante en la historia de la mafia y luego ofrece la receta de lo que se puso sobre la mesa. En sus páginas se pueden encontrar platos tan contundentes como la pasta con garbanzos o el bolito, el cocido italiano; postres como el helado de sandía o la tarta al café, o clásicos de la pasta como a la tinta de sepia o con sardinas, que resumen la historia de Sicilia.

Resulta casi imposible escoger para cerrar un momento que una la literatura con la comida. Alberto Manguel recuerda "el té del Sombrero Loco, donde la manteca sirve para reparar relojes y se ofrece un vino inexistente" en Alicia en el País de las Maravillas; el italiano Ugo Cornia, autor de Sobre la felicidad a ultranza (Periférica), que reside en Módena, en el norte de Italia, uno de los lugares del mundo que más en serio se toman la comida, se queda con la historia del cocinero Chichibio, en el Decamerón de Boccaccio —¿tienen las garzas una o dos patas?—. Giuseppe Tomasi di Lampedusa ofrece en El Gatopardo (Alianza, en traducción de Fernando Gutiérrez), con el timbal de macarrones, una buena forma para despedir estas líneas: "El oro bruñido de la costra tostada, la fragancia de azúcar y canela que trascendía, no eran más que el preludio de la sensación de deleite que se liberaba del interior cuando el cuchillo rompía la tostadita capa: surgía primero un vapor cargado de aromas y asomaban luego los menudillos de pollo, los huevecillos duros, las hilachas de jamón, de pollo y el picadillo de trufa en la masa untuosa, muy caliente, de los macarrones cortados, cuya extracto de carne daba un precioso color gamuza.

domingo, 11 de agosto de 2019

Brujas: el vuelo del mal, por María Tausiet






Brujas: el vuelo del mal, por María Tausiet


Míticas y perseguidas, las brujas forman parte del imaginario colectivo del folclore europeo. Hijas de Selene, Hécate y Artemisa en la tradición griega, han sobrevolado las leyendas ligadas a los círculos de la muerte y el demonio. Sin embargo y como expone la historiadora María Tausiet, en la Edad Media serán asociadas a mujeres reales a las que se dará caza y torturará al atribuirlas fechorías inimaginables y relacionándolas con la herejía. La escéptica respuesta del inquisidor Alonso de Salazar y Frías a la caza de brujas y la racionalidad moderna de la Ilustración devolverán a las brujas a su estado fantasioso, como muestran los textos irónicos de Moratín y las pinturas de Goya.

Fascinantes, peligrosas, seductoras... las imágenes de hadas, brujas y sirenas pueblan la literatura y el arte desde la antigüedad hasta nuestros días. Las hadas se presentan como la encarnación de una belleza femenina mistérica y astral, ligada a las fuerzas de la naturaleza, por su parte las brujas son la imagen de mujeres reales que fueron culpabilizadas de hechicería y magia demoníaca con especial intensidad durante los siglos XIV a XVII y las sirenas son símbolo de tentación y objeto de seducción en sus diferentes formas, como mujer-pájaro y mujer-pez.

Identificadas con mujeres reales, apariciones espectrales o pertenecientes a sagas mitológicas, este ciclo evocará un recorrido antropológico, histórico y literario a través de estas proyecciones mágicas de la figura femenina.

María Tausiet


CICLOS DE CONFERENCIAS Hadas, brujas y sirenas (III)
Brujas: el vuelo del mal
Fecha: 16/02/2016

Las brujas, en un principio seres imaginarios asociados a figuras de la mitología pagana y a los espíritus de los muertos, terminaron por encarnarse en la Europa moderna en mujeres de carne y hueso a las que se acusó de los crímenes más abyectos, dando lugar a una persecución que acabó con la vida de muchas de ellas.

Era creencia común que, con la ayuda de ciertos ungüentos mágicos, podían volar a través de la oscuridad para reunirse con el demonio y provocar todo tipo de catástrofes, como la esterilidad de los campos, la infertilidad de las mujeres o la muerte de criaturas de corta edad.

La llamada "caza de brujas" se produjo principalmente en los siglos XVI y XVII.  A partir de la Ilustración, las clases cultas empezaron a mostrarse escépticas, pero una buena parte de la población continuó creyendo en supercherías, a caballo entre la magia y la religión, tal y como reflejaría el genial pintor Francisco de Goya con su característico espíritu crítico.

Bibliografía recomendada
Cardini, F., Magia, brujería y superstición en el Occidente medieval, Península: Barcelona, 1982.
Caro Baroja, J., Las brujas y su mundo, Alianza: Madrid, 2010.
Cohn, N., Los demonios familiares de Europa, Alianza: Madrid, 1981.
Eliade, M., El vuelo mágico, Siruela: Madrid, 1995.
Henningsen, G., El abogado de las brujas. Brujería vasca e Inquisición española, Alianza: Madrid, 2010.
Levack, B., La caza de brujas en la Europa moderna, Alianza: Madrid, 1995.
Tausiet, M., Ponzoña en los ojos. Brujería y superstición en Aragón en el siglo XVI, Turner: Madrid, 2004.


Fuente :
Canal de youtube: Fundación March

Un recuerdo Por María Moreno





Un recuerdo
Por María Moreno

Debía tener trece o catorce años. Mi madre solía llevarme por las noches a pasear por la Avenida Santa Fé . Si era temprano , la librería estaba aún abierta . A mi madre, poco lectora, le gustaba demostrar lo contrario . Sus valores no pasaban de Pearls Book y Mika Waltari que la persuadían de haberse introducido en la historia universal, El librero no sólo era un lector sino que lo parecía: usaba anteojos culo de botella, un mechón de pelo lacio caído sobre la frente y un aire angustiado que yo no sabía aún interpretar como sartriano. Mi sexualidad aún no se había despertado. Es decir: no me gustaba ningún sexo. Ni el propio ni el opuesto. En las fiestas jugaba con el perrito de la casa. No me masturbaba, la boca abierta ligeramente húmeda, la ausencia de pensamientos complicados, mi costumbre de pararme apoyando un pie sobre el empeine del otro, el cabello largo y sucio preocupaban a mi madre que se hartaba de mi respuesta a cualquier invitación a alguna forma de placer: “ la verdad es que me da lo mismo”. ¿Me daban lo mismo hombres y mujeres? Sí pero en signo negativo. Con crueldad mi madre decía que de los artículos no me correspondía “la” ni “él” sino “lo”. Sin embargo me gustaba el librero ¿en que sentido? Lo ignoro. Seguro que no quería ni tocarlo ni besarlo. Pero me atraían sus ojos celestes y, al mirarlo, mi labio inferior colgaba más que de costumbre.


Mi madre lo seducía –de eso estoy segura– mediante conversaciones que no recuerdo. Y a veces le compraba un libro para mí y que yo no había elegido. ¿algo de la colección Robin Hood? ¿Un Louise M. Alcott? En eso también era retrasada, todavía necesitaba el apoyo de las ilustraciones y encaraba cada libro buscándolas antes de empezar. Pero no leía casi nada: la llegada a casa de un flamante televisor Noblex, blanco y negro, cuyas perilla sonaban como un clic de máquina fotográfica y que fue eterno, me hipnotizaba durante horas y las series Anny Oklay, El hombre del rifle, Dr Kildare, La patrulla del camino miradas mientras comían papas fritas Boom , no pronosticaban para mí un futuro cultural como el que deseaba mi madre.

Un día ella se puso a revolver en la mesa de ofertas de la librería y eligió un libro de tapa colorida en el que se veía a una joven con un moño en la cabeza, botitas y un libro en la mano, sentada ante un pupitre. Se llamaba Claudina en la escuela. El título sin duda era el de una obra para jóvenes. Mi madre y el librero conversaron. Yo permanecía en babia. Carecía de todo interés por el libro. También por los otros que se ofrecían en las mesas o en los estantes. El librero parecía vacilar, no se o no recuerdo si describió su contenido, tal vez no lo había leído. Mi madre compró el libro.

“Me llamo Claudina , tengo quince años y vivo en Montigny en donde nací en 1884 y con toda posibilidad, no moriré aquí. ”, leí. Hasta entonces había desconocido esa franqueza, habituada a las descripciones alpinas que introducían a una historia de huérfanos a los dramones de los sin familia con un fondo de nieve y la compañía de animales amaestrados como el monito Lindo corazón y el cuervo Banjo. Me zambullí en la identificación aunque no ganara para sustos. ¿Guardar pastillas de menta en el estuche de un rosario como lo hacía la alumna llamada Luce? Módica pista para indicarme que no se trataba de un libro para jóvenes, a mí que sólo conocía la transgresión de Huckleberry Finn cuando se negaba a leer la Biblia y fumaba una pipa de pasto de espaldas a la viuda Douglas.

¿Qué alumna se dirigía a su maestra con la insolencia de Claudina? ¿En que escuela una se abrazaba violentamente con las maestras y reclama una exclusividad apremiante y entonces las clases se abandonaban por abrazos y arrullos? La directora, la Srita Sergente, tenía una asistente llamada Aimée Lanthenay a la que amaba “como un hombre a una mujer”. A Claudina le gustaba la tal Aimée y le exigió clases particulares de inglés. Pero en las clase ni alumna ni profesora hacían nada salvo mimarse. Entonces la Srita Sergent las suspendió furiosa. Claro que yo no me desayunaba con el sentido de la exigencia de Claudina a la Srita Sergent de que le devolviera a su Aimé y menos que esa familiaridad en el trato se aceptara por temor a una denuncia (¡lesbianismo en la conducción de una escuela!) . El dr Dutertre, el inspector cantonal, era un abusador de niñas recién menstruantes que les leía los cuadernos tomándolas por la cintura y enrulándoles los rizos y, con suerte, les arrancaba un beso en la boca. En los libros de la colección Robin Hood los besos se daban en la frente y provenían de padres o abuelos, no como en Claudina en la escuela si yo tenía como sumun del pecado el besarse acostados aún entre vírgenes, del beso de la Srita Sergent y su Aimée, una sentada en la falda de la otra en un sillón, nunca se me olvidó.

Yo no sabía lo que Claudina que revisaba con audacia las palanganas de los baños compartidos para comprobar el polvo en la de la Srita Aimée , lo que probaba que no cumplía con sus noches de celadora en los dormitorios y dormía junto a su directora con la que no evitaba cuchichiar en público ni apartarse abrazándola en las narices de esas alumnas que se reían sin inocencia.

Claudina era ya experta en lo que excitaba al macho , coqueteaba con su ropa discreta pero astuta siempre ajustada en el talle y parecía no sufrir por amor sino por un deseo carnal que yo no sabía nombrar . Comencé a leer sin parar, volviendo sobre los párrafos que, sin embargo no narraban nada explícito. La flaca Inés chupaba la tinta de los lápices, su goma de borrar, y los carboncillos y yo que solía mascar frenética la brea de las terrazas y las servilletas de papel luego de enrollarlas y me chupaba el cabello hasta que me daban arcadas, debía contentarme con esas enumeraciones golosas que evocaban el placer de la succión, del tacto y del olfato sin que la palabra sexo se me formara en el pensamiento.

Mi madre se sorprendió agradablemente. Luego debió sospechar algo. Tomó el libro a mis espaldas. No le cabía culparme. Tampoco lo calificó moralmente. Lo devolvió luego de algún aviso ambiguo.


Extrañé a la gata Fanchete que dormía en un estante vaciado por el diccionario Larrouse y a quien Claudina mordía las orejas, la maldad de levantarse de un asiento que se equilibra del lado opuesto con el peso de otra alumna, los pretextos para ir a espiar a los dormitorios durante el día las huellas de la carne entre las sábanas de la directora.

Yo guardaba el dinero de un regalo, me dejaban ya tomar el tranvía, pasear sola por la tarde. Fui a la librería y después de muchos rodeos, roja como un tomate, pedí el libro. El librero de ojos azules me explicó que no podía ir contra mi madre, que no estaba autorizado a dármelo. ¿me ofreció otro a cambio? No gracias. Pasiva, incapaz de rebelarme, de luchar, volví a mis series de televisión con una bolsa de papas fritas en la mano. Me había quedado , sin embargo, el deseo de que alguna vez se me definiera con una palabra deslumbrante: “viciosa”.  

María Moreno

Fuente: Texto reproducido en contratapa de Diario Página 12 -Argentina
11/08/2019
www.pagina12.com.ar/211444-un-recuerdo

Ósip Mandelstam -poemas





Vivimos sin sentir el país a nuestros pies,
nuestras palabras no se escuchan a diez pasos.
La más breve de las pláticas
gravita, quejosa, al montañés del Kremlin.
Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos,
y sus palabras como pesados martillos, certeras.
Sus bigotes de cucaracha parecen reír
y relumbran las cañas de sus botas.
Entre una chusma de caciques de cuello extrafino
él juega con los favores de estas cuasipersonas.
Uno silba, otro maúlla, aquel gime, el otro llora;
solo él campea tonante y los tutea.
Como herraduras forja un decreto tras otro:
a uno al bajo vientre, al otro en la frente, al tercero en la ceja, al cuarto en el ojo.
Toda ejecución es para él un festejo
que alegra su amplio pecho de oseta.

Ósip Mandelstam




Ósip Emílievich Mandelshtám nació en Varsovia, Imperio ruso, el 15 de enero de 1891.
Poeta ruso de origen judío-polaco y miembro de la corriente acmeísta, una derivación del simbolismo ruso que reaccionaba contra él. Con el tiempo evolucionó hacia posiciones individuales, como la síntesis del simbolismo, el futurismo y el acmeísmo.

Tras escribir el poema anterior contra Stalin, fue desterrado a los Urales donde fracasó en un intento de suicidio, después de pasar varios años en Voronezh, en los que continuó escribiendo, aunque en condiciones muy difíciles, volvió, siendo de nuevo arrestado en 1938, condenado a cinco años de trabajos forzados en un campo de Vladivostok, donde murió el 27 de diciembre de 1938.
Su nombre estuvo prohibido en la Unión Soviética durante 20 años.


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