domingo, 29 de septiembre de 2019

Amor oscuro de F.G.Lorca por Irene Escolar

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Entrevista Presentación de Antología de Textos Literarios "Al borde de...II"



Entrevista con Luis De Castelli y Patricia Delaloye en FM Comunitaria Radio Sapukay 103.1 en el Programa #MQH Mirá Quién Habla sobre presentación del Libro Antología de Textos Literarios "Al borde II" Producidos en el Taller Literario coordinado por Luis A. Salvarezza.
Entrevista: Silvia Simmone

Los escritores son Sara Antón, Olga Charreum,Susana Dantas del Valle, Luis De Castelli,Aroma Martinelli,Celia Esther Sigot.

Presentación: 26 de septiembre 2019
Lugar: Centro de Jubilados y P.
Colón Entre Ríos
Laprida 241 a las 20 hs.









martes, 3 de septiembre de 2019

Texto leído por Gabriela Mistral en el Instituto Vásquez Acevedo, curso latinoamericano de vacaciones, Montevideo, Uruguay en 1938





AUDIO. 
27 de enero de 1938: conferencia de la escritora chilena Gabriela Mistral, convocada por el gobierno uruguayo. Se refiere a las poetas sudamericanas y a su modo de escribir poesía.
Video subido con fines educativos y de difusión cultural.

Texto leído por Gabriela Mistral en el Instituto Vásquez Acevedo, con ocasión del curso latinoamericano de vacaciones, realizado en Montevideo, Uruguay en 1938. Asisten a este curso junto a Gabriela Mistral, Alfonsina Storni y Juana de Ibarbourou. 

[Transcripción]


Señores Ministros:

La ocurrencia feliz de reunimos aquí a Juana, a Alfonsina y a mí es muy uruguaya, es decir, muy llena de gracia. Ya dije antes que el Espíritu Santo es la divina persona que más llueve sobre la raza uruguaya.

Recordaremos en primer lugar a nuestras dos grandes muertas, tan nuestras como vuestras uruguayos. Pensaremos en Delmira Agustini, maestra de todas nosotras, raíz hincada más o menos en las que aquí estamos, y pensaremos a María Eugenia, alma heroica y clásica, y en lo heroico y en lo clásico hubiera querido pastorearnos a todas, pero que se nos fue demasiado pronto.

Yo me temo mucho que vaya a fracasar la linda intención del señor Ministro Aedo, de someternos a una encuesta verbal, a una confesión clara, a un testimonio. Y que fracase a causa de nuestra malicia de mujeres y, sobre todo, de nuestro radical desorden de mujeres. Querer reducir a normas y poner en perfil neto nuestro capricho consuetudinario, es una empresa de romanos que nosotras podemos desbaratar entera, fingiendo que la obedecemos.

Parece que nos llaman a juicio y las llamadas somos:

Primero una Diana de la campiña uruguaya, que adentro de su categoría de diosa agraria guarda disimulada su feminidad entera. La naturaleza hasta hoy -que yo sepa- no ha querido dar su ancha fórmula, y cuanto más, deja caer una gota de su secreto parecida a una sola uva exprimidas en la manaza extendida del averiguador.

La naturaleza, es decir Juana, no puede contar a vosotros, curiosísimos varones interrogadores, cómo ella se las arregla para soltar la luz sin darse ningún trabajo, y cómo hace para que el agua de su poesía resulte a la vez eterna y mía.



Son cosas muy serias aunque parezcan inocentes, la naturaleza hija de Dios y Juana hija del Uruguay. Y nadie tampoco acertaría, con las índoles, modos, yo no quiero decir la horrible palabra método, de Juana de América, dueña de la llave inefable de nuestra raza.

Siempre que voy hacia Juana -y la visito con frecuencia fiel- yo la dejo como me la hallé, en su candor y su misterio esencial. Su misterio es el peor, es el misterio de lo luminoso y no de lo sombrío, y ese misterio lleno de claridad, burlaría al propio doctor Fausto.

Allí está, ahí, el agua cayendo llena de luz y de gozo. Beber, callar mientras se bebe y agradecer. Esa es toda la política que nos corresponde, a mujeres y a hombres, respecto del caso de Juana de América.

En cuanto a Alfonsina, que antes de sus canas y después de sus canas, no ha sido otra cosa que la jugarreta deliciosa del sueño de una noche de verano, también ella va a dar un salto sobre el plan del ministro Aedo. Ya lo dio. Ella se ha reído toda su vida y por igual, de sus amigos y enemigos. Y cuanto más, soltará una pequeña prenda de la masa de sus secretos, y esta prenda despertará en vosotros más apetito de conocer el resto. Y ella, castellanizo la palabra, se burlará sin ningún respeto de nosotros y hará muy bien, porque nació para eso.

Viviendo dentro de razas románticas, -la inteligencia afilada como el alfiler que la japonesa lleva en el moño- se sacudió Alfonsina el extremoso romanticismo criollo. Por ahí he visto una barbaridad, una sintaxis de esas que son mías, perdón.

Alfonsina, hermana siamés mía por virtud de la cordillera que nos puso a querernos sin mirarnos nunca a la cara, una del este, la otra del oeste. Cada vez que yo he querido definirla, o sea confesarla, se ríe de esta Gabriela medio cabrera del valle de Elqui y medio lectora de la cartilla. Aquí está Alfonsina en recinto oficial y en medio de ceremonia pedagógica, haciendo una vez más su jugarreta.



Yo le doy las gracias de tener cuanto yo no tengo y de regalarme lo que no me cayó a mí en suerte. Lo que tiene es el precioso ingenio europeo, el aguijón que perdonamos porque el primer punto en el cual se hinca es el cuerpo mismo de la heridora.

Alfonsina es una abeja inédita entre las abejas contadas por los poetas griegos. Ella es la abeja que en el vuelo se persigue a sí misma, antes de caer sobre el matorral de mirtos. La abeja que danza un baile a veces desgarrante, buscando su propia carne para sangrarla con un gesto de juego, que yo le entiendo y que suele hacerme llorar.

Yo vivo en este momento una aventura que suele ocurrirme. La de sentirme en mi sangre un rumor, casi un tumulto, que quiere hablar por mi boca. Esta vez ese tumulto es el de todas las poetisas uruguayas, desde las de Montevideo hasta las de Artigas. Las que han venido lo mismo que las ausentes, desde Luisa Luisi, criatura de mi sangre por la artesanía doble del verso y de la lección, a quien he estado unida en veinte años de amistad entrañable, hasta mis dos ángeles custodios de las calles de Montevideo, Sara y Ester, que golpean a mi garganta y quieren también dar su mensaje. Me siento como un viejo cuerno lleno de esas voces ajenas; me siento como una verdadera vaina de hablas reunidas, y apenas tengo en este momento esa cosa fea que se llama el acento individual, la voz que lleva un nombre solo.

Ahora voy a obedecer a nuestro Ministro y a nuestro Director de Educación, contando cómo escribo. Si es que yo sé alguna cosa clara y efectiva sobre cómo escribo.

El tema que me dieron fue esto: cómo hace usted sus versos. Y me ha hecho acordar de una preciosa parábola de Pedro Prado, el chileno.

Pedro Prado cuenta que una vez una señora entró a un jardín y le pidió una rosa al jardinero, con esa tremenda superficialidad que tenemos las mujeres, una rosa. Pero el jardinero era un varón muy profundo, era un viejo jardinero, muy vivido. Y el jardinero le contesta: Yo le doy a usted la rosa, la que quiera, siempre que la corte donde ella comienza. Entonces la señora se va derecho a cortar, allá a medio tallo, por ahí. Y le dice el jardinero: No, la rosa no comienza ahí. ¿Usted cree que la rosa va a comenzar casi en el pedúnculo? ¡Ah! Dice la señora, y entonces va con la tijera más abajo. ¡Ah, no! Le dice, es que usted se equivoca. ¿Usted cree que ahí comienza esa cosa florida que hay allá arriba? ¿Y con qué savia se alimentaría? ¡Ah! Dice la señora, y va a cortar sobre el suelo. ¡Ah no! Le dice el jardinero, ¿usted cree que es ahí precisamente donde ella comienza? ¿Y la raíz? ¡Ah! dice ella, entonces la voy a arrancar. Y le dice el jardinero. ¿Usted cree que comienza en las raíces? ¿Y de dónde vendría todo lo que tiene? La señora se queda muy perpleja y no la cortó.

El poema tampoco sabemos dónde comienza. ¿Comienza en el momento en que se hace? ¡Ah, no!

¿Comienza en el momento en que nos cae esa especie de puntada de la emoción, esa lanzada de la emoción? Porque cuando la lanzada nos trabaja, ya venía de tan tarde el hacerse la carne tierna para la lanzada.

Habría que remontar a todo lo que nos ha ido trabajando el corazón, para esa calidad de la carne que le damos a la cuchillada. Es decir, habría que comenzar en la infancia, donde todo comienza.

Pero, cuando nacemos ya traemos tanto capital viejo y deuda grande.

Habría que comenzar con toda la muchedumbre de nuestros antepasados. ¡Menudo trabajo contar cómo se hacen los versos!

Grandes curiosos que nos escucháis: las mujeres no escribimos solemnemente como Bufón que se ponía para el trance su chaqueta de mangas con encajes y se sentaba con la mayor solemnidad del mundo a su mesa de caoba. Los hombres, posiblemente sean tanto o más vanidosos que las mujeres.

Yo escribo sobre mis rodillas, en una tablita con que viajo siempre, y la mesa escritorio nunca me sirvió para nada ni en Chile ni en París ni en Lisboa.

Escribo de mañana o de noche y la tarde no me ha dado nunca inspiración, sin que yo entienda la causa de su esterilidad o de su mala gana respecto de mí.

Creo no haber hecho jamás un verso en cuarto cerrado, ni en cuarto cuya ventana diese a un horrible muro de casa urbana. Siempre me afirmo en un pedazo de cielo, que Chile me dio azul y que Europa me da borroneado.

Mejor se ponen mis humores si yo afirmo mis ojos viejos en una masa de árboles tiernos.

Mientras yo fui criatura estable en mi raza y mi país, escribí lo que veía o tenía muy inmediato. Escribí, como quien dice, sobre la carne caliente del tema.

Desde que soy criatura vagabunda, desterrada voluntaria, parece que no escriba sino en el medio de un vaho de fantasmas. Todo el mundo, el aire, el cielo y la tierra se me han vuelto pura saudade. La tierra de América y la gente mía, viva o muerta, se me han vuelto un cortejo melancólico pero muy fiel, que más que envolverme me forra y me oprime, y rara vez me deja ver realmente el paisaje y la gente extranjera.

Escribo sin prisa generalmente, y otras veces con una rapidez vertical, de rodado de piedras en la cordillera.

Me irrita en todo caso detenerme y tengo siempre al lado cuatro o seis lápices con punta, porque soy bastante perezosa, y tengo el hábito regalón de que me den todo hecho excepto los versos.

En el tiempo en que yo me peleaba con la lengua exigiéndole una tremenda intensidad, me solía oír a mí misma mientras escribía un crujido de dientes muy colérico. El rechinar de la lija sobre el filo romo del idioma.

Ahora ya no me peleo con las palabras sino con otra cosa. He cobrado el disgusto y el desapego de mis poesía cuyo tono no es el mío, por ser demasiado enfático. No me excuso sino aquellos poemas donde reconozco mi lengua hablada, eso que llamaba don Miguel el vasco, la lengua conversacional.

Corrijo bastante más de lo que la gente puede creer, leyendo unos versos que aún así me quedan bárbaros.

Salí de un laberinto de cerros y algo de ese nudo sin desatadura posible queda en lo que hago, sea verso o sea prosa.

Escribir me suele alegrar. Siempre me suaviza el ánimo y me regala un día ingenuo, tierno, infantil. Ando trayendo la sensación de haber estado por unas horas en mi patria real, en mi costumbre, en mi suelto antojo, en mi libertad total. Esos días en que hago alguna poesía, buena o mala, mi ánimo es el de quien estuviera casado con una muchedumbre de criaturas, casada con el mundo.

Me gusta escribir en cuarto pulcro, aunque soy persona harto desordenada. El orden parece regala espacio y este apetito de espacio lo tienen mi vista y mi alma.

En algunas ocasiones he escrito siguiendo un ritmo recogido en un carro que iba por la calle lado a lado conmigo. O siguiendo los ruidos de la naturaleza, que de más en más se me funde en una especie de canción de cuna. Pinares, marejada, ruido de álamos, todo eso al llegar a mi oreja viene, solamente viene, en un ritmo de canción de cuna.

Por otra parte, tengo todavía la poesía anecdótica que tanto desprecian los poetas mozos.

La poesía me conforta los sentidos y eso que llaman el alma, pero la poesía ajena mucho más que la propia. Ambas me hacen correr mejor la sangre, me defienden la infantilidad del carácter, me anidan y me dan una especie de asepsia respecto del mundo.

La poesía es en mí sencillamente un rezago, un sedimento de la infancia sumergida. Aunque resulte amarga y dura, la poesía que hago me lava de los polvos del mundo y hasta de no sé qué vileza esencial, parecida a lo que llamamos el pecado original, que llevo conmigo y que llevo con aflicción.

Tal vez el pecado original no sea sino nuestra caída en la expresión racional y antirrítmica a la cual bajó el género humano castigado, y que más nos duele a las mujeres por el gozo que perdimos en la gracia de una lengua de intuición y de música que iba a ser la lengua del género humano.

Y a propósito de la infancia, pensaba qué definición sería la que yo pudiese dar de la poesía. Y pensaba en eso.

Y he escrito un poema en que habla un niño, el niño habla de una cantidad de bultos que ve falsos, que ve con su ojito.

Yo creo que cuando nacemos, los que vamos a hacer versos traemos en el ojo una viga atravesada. Esa viga atravesada nos deforma, ya sea transfigurándolo o en otra forma, todo lo que miramos y nos hace para toda la vida antilógicos y antirrealistas. El llamado poeta realista no existe. De manera que esa viga nos hace a veces ver amarillo lo que es negro, y nos hace ver redondo lo que es cuadrado, y nos hace caminar entre una serie de disparates maravillosos.

Dicen que al morir la mayor parte de los agonizantes lloran una lágrima, una extraña lágrima que cae con mucha lentitud. Yo creo que la viga del ojo del poeta no se va sino en esa última lágrima del agonizante.

Entraremos así en el paraíso, donde sea, con el ojo limpio porque ya en otra parte no nos serviría de nada una viga que nos transfigure las cosas.

Voy a decirles esa pequeña poesía que habla de la viga en el ojito del niño. Se llama «La pajita» y está escrita en la lengua folclórica de nuestro pueblo chileno que cuenta de una curiosa manera, diciendo: ésta que o éste que:


Esta que era una niña de cera.
Pero no era una niña de cera,
era una gavilla parada en la era.
Tampoco era la gavilla
sino la flor tiesa de la maravilla.
Tampoco era la flor sino que era
un rayito de sol pegado a la vidriera.
Y no era un rayito de sol siquiera:
una pajita dentro de mis ojos era.
¡Alléguense a mirar cómo he perdido entera,
en este lagrimón, mi fiesta verdadera!




domingo, 1 de septiembre de 2019

Diccionario del Habla de los Argentinos


Diccionario del Habla de los argentinos

EL DICCIONARIO DEL HABLA DE LOS ARGENTINOS DE LA ACADEMIA ARGENTINA DE LETRAS, EN UN DECÁLOGO

1. Es un diccionario dialectal nacional, es decir que registra voces (“curtir”, “facilongo”, “gilastrún”) y frases (“hacer boleta”, “no hay drama”, “conciliación obligatoria”)  de uso argentino, y no contiene las correspondientes a la lengua general (“palestra”, “tenaza”, “marcapaso” o “hacerse ilusión”).
2. Es un diccionario diferencial respecto del Diccionario de la lengua española (RAE), en el sentido de que no contiene palabras o expresiones de uso peninsular español recogidas en el DRAE.

3. Es una obra de autoría colegiada, pues es elaborado por la Academia, y no por autores individuales. De las 21 Academias de la Lengua Española, solo seis tenemos diccionarios como obras de la Corporación.

4. Es el más caudaloso de los seis diccionarios de las Academias hermanas: colombiana, chilena, uruguaya, nicaragüense y hondureña.

5. Esta precedido de un extenso, documentado y comprensivo estudio preliminar que da cuenta todos los logros y proyectos empeñados en nuestro país en  torno a la materia lexicográfica argentina. Verdadera historia de nuestra lexicografía nacional.

6. Es un diccionario ejemplificado con citas reales, no inventadas. Cada voz o frase van acompañadas por una ilustración escrita en cuyo contexto se aprecia su acepción  neta de uso. 

7. Esa ejemplificación real está tomada de diversidad de fuentes argentinas: literatura, oralidad folclórica editada, letras de canciones popularizadas, diarios(La Nación, Clarín, Página 12,  entre muchos, de la Capital, y del Interior: Los Andes, La Voz del Interior, El Territorio, etc); revistas (El Amante, Claudia, Gente, Vida Silvestre, etc); sitios electrónicos de Internet, etc. Todo ello prueba la vigencia de las voces.

8. Recoge los argentinismos más frecuentes heredados de las principales lenguas indígenas de nuestro país: quechua (“cóndor”, “apacheta”, “quirquincho”), guaraní (“yaguareté”, “ñandutí”, “yarará”) y mapuche (“laucha”, “choique”, “cultrum”)

9. Contiene voces de diversa procedencia: de  pueblos  de otras lenguas, inmigrantes en nuestro país: italianismos (“torteleti”), francesismos (“placar”), afronegrismos (“catinga”, “quilombo”), etc.De hablas populares especiales: lunfardo (“batir”, “balurdo”, “cotorro”), del fútbol (“chilena”, “palomita”, “bostero”), de drogadictos (“falopa”, “anfeta”. “mambeado”),hípicas (“cabulear”, “pintar”, “semáforo”); de música popular (“bailanta”, “bardo”, “patovica”), juvenil (“bajar un cambio”, “chabón”, de onda”); de registro rural (“estar alzado”, “cabresto”, “azulejo”), coloquial (“chinchudo”, “pibe”, “macanudo”),  vulgar (“franelear”, “traba”, “yegua”), etc.

10. Es un diccionario patrimoniales decir que su contenido es un bien común del pueblo, que lo crea y modifica a través de los años. La Academia no hace sino recogerlo de boca de los compatriotas, estudiarlo, proponerlo en su DiHA y dar fe de que se usa, opera como una simple escribana o notaria de la lengua.   En vísperas del Bicentenario de nuestra Independencia esta obra nos hace conscientes de nuestra identidad nacional a partir de la legua común y de sus vida histórica, nos da sentido de pertenencia pues participamos del mismo bien todos, nos prueba la capacidad creativa de nuestro pueblo y nos ayuda a consolidarnos como comunidad integrada,  porque la lengua es un primer elemento de inclusión social.                                                          

Pedro Luis Barcia (Diccionario del habla de los argentinos. Segunda edición corregida y aumentada. Buenos Aires, AAL, Emecé Ediciones (Grupo Planeta), 2008, 701 p. )



jueves, 22 de agosto de 2019

Como recopilación de notas a propósito de que el 24 de agosto se cumplen 120 años del nacimiento de Jorge Luis Borges dejamos notas sobre el escritor .En este caso sobre sus gatos.


Odín y Beppo, dos gatos de Jorge Luis Borges



Jorge Luis Borges tuvo dos gatos llamados Odín y Beppo. Odín, en honor al dios de la mitología nórdica y Beppo, por Lord Byron. En palabras de Borges “se llamaba Pepo, pero era un nombre horrible, entonces se lo cambié enseguida por Beppo, el gato de Byron. El gato no se dio cuenta y siguió su vida”. Epifanía Uveda, el ama de llaves del escritor argentino durante cerca de cuatro décadas, coautora con Alejandro Vaccaro del libro “El Señor Borges”, explica: “El gato se llamaba Pepo por José Omar Reinaldi, apodado “La Pepona”, un delantero del River Plate. Borges recordó el poema veneciano de Lord Byron que se titulaba ‘Beppo’ y lo rebautizó”. Curiosamente, Fanny, pues así llamaba Borges a la leal Epifanía, murió un sábado 10 de junio de 2006, cuatro días antes del vigésimo aniversario de la muerte del escritor, fallecido el 14 de junio de 1986.


Borges y Beppo



Beppo era un hermoso gato blanco que siempre estaba con Borges. Le gustaba jugar con los cordones de sus zapatos y dormirse en su regazo. Tenía más de 15 años cuando murió y fue una auténtica pérdida para Borges, que ya estaba ciego. Parece ser que entonces dijo: “Quisiera morirme hoy mismo, pero no tengo la suerte que tuvo Beppo. Aunque a lo mejor sí, ahora que estoy con gripe, tal vez muera”.



Algunos dicen que Beppo tenía mal carácter, pero que se llevaba muy bien con Borges. Un día, Fanny vio que Beppo se miraba en un espejo y creía ver otro gato, posiblemente a un rival. Se lo contó a Borges y este le dedicó un poema en la obra “La cifra”, publicada en 1981.




El gato blanco y célibe se mira


en la lúcida luna del espejo

y no puede saber que esa blancura


y esos ojos de oro que no ha visto

nunca en la casa son su propia imagen.


¿Quién le dirá que el otro que lo observa

es apenas un sueño del espejo?


Me digo que esos gatos armoniosos,

el de cristal y el de caliente sangre,
son simulacros que concede el tiempo
un arquetipo eterno. Así lo afirma,
sombra también, Plotino en las Enéadas.


¿De qué Adán anterior al paraíso,

de qué divinidad indescifrable
somos los hombres un espejo roto?



En el libro “Chatrán y su mundo astral, vida de mi gato siamés”, el historiador argentino Vicente O. Cutolo dedica un capítulo a “Beppo, el gato de Borges” donde cuenta que al autor le impresionaban y seducían los felinos desde pequeño, e incluye algunos dibujos de tigres hechos cuando el famoso escritor era aún un niño. Cutolo también dice que el dueño de una cantina de la calle Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen) a quien Borges conocía  y que hacía la cuenta en el mantel de papel de la mesa, también se llamaba Beppo.



Borges y Odín






Odín era un gato atigrado que convivió con Borges, pero nunca llegó a ser tan famoso como Beppo. Dicen que sobrevivió casi diez años al escritor, pero no sabemos con quién estuvo. Quizá en su piso de Buenos Aires, pero Borges dejó ese piso a principios de 1986 para trasladarse a Ginebra, donde falleció unos meses después. El 14 de abril de ese mismo año se había casado por poderes con María Kodama, a la que dejó todos sus bienes. Fanny se fue del piso donde había trabajado 40 años a finales de abril. ¿Iría Odín con ella o cuidaría de él María Kodama? No hemos sido capaces de descubrir nada al respecto.





De los gatos, Borges dijo una vez: “Nadie cree que los gatos son buenos compañeros, pero lo son. Estoy solo, acostado, y de pronto siento un poderoso brinco: es Beppo, que se sienta a dormir a mi lado, y yo percibo su presencia como la de un dios que me protegiera”. Y también: “Siempre preferí el enigma que suponen los gatos”. Las fotos que publicamos demuestran que Borges también tuvo o conoció a un gato negro, pero no sabemos nada de él.


 El poema “A un gato”, de la obra “El oro de los tigres”, publicada en 1972.



No son más silenciosos los espejos



ni más furtiva el alba aventurera;



eres, bajo la luna, esa pantera



que nos es dado divisar de lejos.



Por obra indescifrable de un decreto



divino, te buscamos vanamente;



más remoto que el Ganges y el poniente,



tuya es la soledad, tuyo el secreto.



Tu lomo condesciende a la morosa



caricia de mi mano. Has admitido,



desde esa eternidad que ya es olvido,



el amor de la mano recelosa.



En otro tiempo estás. Eres el dueño



de un ámbito cerrado como un sueño.

Jorge Luis Borges





martes, 20 de agosto de 2019

Absit de Angélica Gorodischer


En Las nenas de Angélica Gorodischer las protagonistas se revelan “desde su lugar en la sociedad, que no es solamente obedecer a mamá”. Son cuentos siniestros, pero en los que no falta el humor.

La autora les ofrece a las protagonistas de las diferentes historias la posibilidad de salir aun en las situaciones más terribles enfrentando la lógica y el poder de los hombres.

Absit


Las cosas sucedieron más o menos así. Ese tipo venía caminando por la vereda del barrio. Era sábado temprano a la tarde y el sol le daba en la espalda. Se paró frente a la verja pintada de verde. Ay no, pensó, ay, no, por favor no otra vez no, ¿cuántos años tendrá? siete, ocho cuanto más, ay, no, no quiero.

La reja cerraba un jardín pequeño con algo de césped no muy bien cuidado, una planta de azalea, un jazmín del cabo y casi nada más, si no se consideran los restos de algunas alegrías del hogar y malvones, y la chiquita jugaba con un animalito de paño que tenía mucho pelo, nada de cola y mucho bigote. Le hablaba.

El tipo le habló a ella.

-Hola -le dijo.

Ella no le contestó.

-Hola -insistió él-, ¿cómo te llamás?

-Mi mamá me dijo que no hable con extraños.

-Por eso te pregunto cómo te llamás, para que no seamos extraños. Vos me decís cómo te llamás, yo te digo cómo me llamo.

Seis años, pensó. Nada más que seis, ay, cómo puedo hacer, seis años no más, a esa edad son suaves, blandas, ay, no.

-No te digo nada.

-Bueno, no me digas nada. ¿Tu mamá está?

-No, se fue al súper.

-Entonces estás con tu papá.

Que me diga que sí, que está con el papá y me voy, me voy.

-No.

-O con la muchacha.

-¿Qué?

-La muchacha que trabaja en tu casa.

-No tenemos muchacha.

-¿Y con quién estás? ¿Con tu abuelita, con tu tía?

No sólo blandas, no sólo suaves, chiquitas, tienen todo tan chiquito.

-No.

-¿Estás solita?

-Y, sí.

-Mirá, tengo un caramelo. Te lo doy para consolarte porque estás solita, ¿querés? Es de frutilla.

-Bueno.

-También tengo una muñeca. Es muy linda, con carita de porcelana y tiene zapatitos y una cofia.

-A verla.

-Acá, la tengo en el bolsillo del saco, ¿querés verla?

Eso que tienen entre las piernas es tan pero tan chiquito que da trabajo, no se puede, de primera intención no se puede y lloran y es peor.

-Sí.

-Bueno, abrime la reja y te la muestro.

-Está abierta, no tiene llave, para no dejarme encerrada.

-Ah, qué bien.

El tipo empujó la reja y entró en el jardín. Todavía iba pensando no, no, ojalá que no, pero sabía que sí. Casi sentía la piel de la nena bajo sus dedos: seda, raso, dulce, tibia, no quiero, se decía, no quiero que me pase otra vez pero ya estaba solo, solo en un mundo en el que no había nada más que el jardín y se preguntaba adónde podré llevarla.

-A ver la muñeca.

-Vení, ahora te la muestro, dame la mano y nos escondemos detrás de la planta así no nos ve nadie porque si te ve una vecina te va a tener envidia.

-Entonces vamos atrás.

-¿Atrás?

Cuidado, se dijo. No conocés el lugar, tené cuidado, no te vaya a pasar como con la hermanita de la Lucy.

-En el terreno de atrás van a hacer un edificio pero como hoy es sábado no hay nadie.

-¿Tenemos que entrar en la casa?

-Pero no, por acá, por el costado, vení y me mostrás la muñeca.

-Ah, hay árboles y todo.

-Los van a sacar. Mi mamá dice que son unos brutos.

-Tu mamá tiene razón. Siempre tiene razón, ¿no es cierto?

La mamá. ¿Por qué no viene la mamá? No, ahora no, que no venga.

-No sé. Dice que no tengo que agarrar caramelos si alguien me da. Y que todos los hombres son malos. Unos cerdos, dice.

-Bueno, no es para tanto. Hay gente mala y hay gente buena. ¿Acaso tu papá no es bueno?

-Mi papá no vive con nosotras. Mostrame la muñeca. ¿Tiene un vestido azul?

-¿Eh? Sí, azul. La verdad es que la dejé en casa pero…

-Vos también sos malo. Me dijiste que tenías la muñeca en el bolsillo y no la tenés.

-Pero no, vas a ver qué bueno soy, vení, vamos atrás de ese árbol y te muestro algo más lindo que la muñeca.

-Bueno, cuidado, ahí hay un pozo. Dicen que fue de un jibe.

-Aljibe.

-Eso. Un jibe, y que es hondo hondo. Lo van a tapar con cemento y tierra y piedras, dijo don Leyes.

-¿Don Leyes?

-El capataz. Y que hay agua abajo. Y sapos. Y mi mamá dijo que ojalá lo tapen pronto porque debe haber ratas y jurciégalos.

-Murciélagos. Vení, vamos para allá.

-Cuidado, ahí está el pozo, ¿ves?

-Hmmmm. Sí. Tan hondo no parece.

-Sí que es hondo, hondo hasta el otro lado del mundo.

-Bueno, nena, bueno, vení, vamos.

-Mirá, mirá qué hondo.

-Sí, sí, está bien, ya veo, es muuuuy hondo.

El tipo se inclinó, miró hacia abajo, hacia lo hondo del pozo. El corazón del tipo galopaba allá en el fondo del pozo que era su cuerpo. La nena lo empujó: apoyó las dos manitos contra la cintura del tipo y empujó con todas sus fuerzas. El tipo cayó gritando y la nena se arrodilló en el borde del pozo y miró para abajo.

-¿Hay jurciégalos? -preguntó.

-¡Mocosa de mierda, sacame de aquí!

No, cómo lo iba a sacar de ahí. El tipo se dio cuenta de que la nena no iba a poder sacarlo de ahí. Miró para arriba: la cara de la nena se recortaba claramente muy claramente por sobre el borde, contra el cielo azul de la tarde de un sábado, un sábado solitario, sin nadie. Nadie salvo una nena chiquita, suave, blandita. Miró para arriba: seis metros fácil fácil, mucho más alto que el techo de una habitación, cómo iba a poder salir de ahí.

-¡Andá a buscar a alguien, andá, vamos!

La nena no se movió.

-Andá, escuchame nenita, andá a buscar a alguien, la vecina o el kiosquero de enfrente.

-Enfrente no hay un kiosco, en la otra cuadra hay un kiosco.

-Andá, andá nenita, andá y decile al kiosquero que hubo un accidente, que venga, que traiga una soga, no, una escalera, no, mejor una soga, andá.

-Bueno -dijo la nena-, pero ¿hay jurciégalos abajo?

-No, no hay. Andá, querida, andá a buscar al kiosquero, decile que una soga, que traiga una soga que hubo un accidente.

La cara de la nena desapareció y el tipo se quedó de veras solo: ni murciélagos había.

Se miró las manos, miró a su alrededor. Oscuro, estaba muy oscuro. Se dio cuenta de que estaba parado en el barro, un barro flojo aguachento y que los zapatos se le habían empapado y el agua le entraba y le enfriaba los pies, mocosa de mierda ojalá vuelva pronto, el kiosquero, ¿le dirá al kiosquero lo de la soga? ¿Y yo qué le digo al kiosquero cuando venga? Un accidente. ¿Cómo me caí, cómo estaba yo acá? Le digo que entré por la otra calle, a mear porque me estaba haciendo encima y vi que acá no había nadie y entré y pisé el borde y me caí, eso le digo y espero que la mocosa hija de puta no cuente nada ni hable del caramelo ni de la muñeca, ay que se apure, qué está esperando, pendeja de mierda.

Miraba para arriba y hacía mal: se le cerró la garganta porque había pensado en esas paredes desnudas de piedra que podían caerle encima y sepultarlo vivo por qué no si eso era como un, un sótano, una celda, una tumba, la nena, esa nena maldita que se apure, no, vea oficial, lo que pasó fue que me estaba meando encima y vi que en el terreno no había nadie pero primero necesito una soga, alguien, alguien que tenga fuerza y que tire de la soga.

Pasaron dos horas y empezó a oscurecer allá afuera, allá arriba. Mientras tanto el tipo pasó las manos por sobre las paredes del pozo y descubrió que estaban hechas de piedra. Piedras irregulares, ásperas, que se le venían encima, pero que no ofrecían agujeros en los que poner los pies o sostenerse para tratar de subir. La nena, la mocosa de porquería que lo había empujado, adónde estaría la muy tarada imbécil que no había ido a buscar al kiosquero. Se estaba haciendo de noche.

Gritar, se le ocurrió. Voy a gritar, alguien me va a oír. Gritó y gritó, gritó socorro y auxilio y gritó cosas y llamó a la nena y nadie lo oyó. Era sábado, era una tarde de sábado. No, no puede ser, no pueden dejarme aquí hasta mañana, mañana que es domingo tampoco va a haber nadie, esa mocosa tiene que venir, tiene que decirle a alguien lo que hizo, si le cuenta a la madre por ejemplo, la madre seguro que va a venir a ver, pero ¿y si no le cree?, dejate de inventar pavadas m’hijita, ¿y si no le cree y comen y se van a acostar y yo aquí?

-¡Señoooooraaaaaa! -gritó.

-¡Señoora, auxiliooooo, aquíiiii, venga!

Y el cielo de noche era negro como el tipo nunca lo había visto, negro y lleno de estrellas, muchas, tantas, tantas estrellas, ay Dios mío que venga alguien, que esa mujer le crea a la nena, por favor Dios yo nunca nunca jamás voy a agarrar a otra nena nunca jamás ya no voy a lastimar a ninguna nena te prometo cuando tenga ganas voy con putas pero nenas no no puedo estar aquí en este pozo hasta el lunes cuando vengan los albañiles no, pero no, me voy a morir morirse no es nada pero no aquí de este modo no, por favor Dios oíme hacé que venga alguien.

Y siguió gritando. Gritó durante mucho tiempo hasta que la garganta se le secó y empezó a tragar saliva para tratar de que se le humedeciera de nuevo para poder seguir gritando. Pero ya no podía y el cielo seguía siendo negro con muchas estrellas asiento de Dios le habían dicho pero Dios no, Dios tampoco lo oía. Estaba empapado, empapado de agua y barro y sudor y le dolía todo el cuerpo todo. Le dolía el vientre. Necesitaba ir al baño, un baño ¡un baño, qué disparate! Se rio a carcajadas. ¡Un baño! Estaba metido en un pozo seis metros de hondo y quería un baño bajarse los pantalones y echar afuera todo lo que tenía en las tripas créame oficial yo lo único que quería era cagar y vi que no había nadie en el terreno. Tuvo un retorcijón y una arcada. Algo dentro de él se movía y trataba de salir. El asco, el miedo, eso, el agua barrosa, las paredes del pozo.

-¡Señooooraaaa! -y él sabía que ella no lo iba a oír.

Ni ella ni nadie. Ni la nena.

La nena apareció en el borde del pozo allá arriba.

-Al fin volviste -dijo el tipo-. ¿Le dijiste al kiosquero que trajera una soga?

La nena no se movió, no habló, no hizo nada contra el cielo negro negro lleno de estrellas. Cambió, eso sí, cambiaba. Las estrellas venían como cucharada de sopa venían y se derramaban sopa de estrellas sobre la cabecita redonda asomada al borde del pozo. Blanca era de pronto, o plateada, eso, y llena de luz como el cielo. Ah los ángeles, eran los ángeles, él sabía que Dios lo iba a oír, que venían a rescatarlo.

-¡No importa! -gritó-. ¡No hace falta una soga! ¡Ya vienen! -gritó-. ¡Sáquenme de aquí! ¡Señoooooraaaa, señooooraaaaaaa!

Sollozó. Sintió algo doloroso y caliente en los fondillos de los pantalones y se puso a llorar. Lloraba y gritaba. Lo peor no era sentir que se moría, lo peor era tener esperanzas de no morirse. No saber qué ni cómo hacer para no morirse.

-Señora -dijo, ya no gritaba-, señora venga y sáqueme de aquí, yo no le voy a hacer nada a su nena, nada, pero sáqueme de aquí dígale a Dios que venga que me mande a sus ángeles para que me levanten no hay murciélagos que no tengan miedo no hay, señora, venga.

Después hubo silencio y el domingo fue como todos los domingos. La nena y su mamá fueron a lo de la abuela Emilia y volvieron tardísimo pero la mamá no se preocupó porque el lunes era feriado y la nena no tenía que ir al jardín, de modo que durmieron hasta bastante tarde. Hizo frío, eso sí, un frío inesperado para esa época del año y llovió un poco hacia la tarde.

-Señora -dijo Don Leyes-, ¿me permite el teléfono?

Ya otras veces se lo había pedido y ella lo había hecho entrar a la cocina. Era un buen hombre Don Leyes, grandote, moreno, con una sonrisa agradable, muy bien educado. Hasta le había pedido disculpas por el ruido que a veces hacían con la excavadora o las sierras.

-Pero sí, Don Leyes, pase. ¿Quiere un café? Acabo de prepararlo.

-Gracias, señora, pero estuvimos tomando mate con el ingeniero, ¿vio?, y ahora tengo que hablar a la empresa a ver qué hacemos, hay algo en el fondo del pozo, parece que es un animal grande, un perro digo yo.

-Ay, qué trastorno.

-Sí, no se mueve, debe estar muerto pero hay que sacarlo, pensábamos empezar hoy a la tarde con el rellenado.

-Bueno, usted hable tranquilo, yo ya llevé a la nena al colegio y ahora me voy al estudio pero a mediodía vuelvo.

-Gracias, señora, y disculpe la molestia, ¿eh?

Buen hombre Don Leyes. Ojalá pudieran sacar el perro del pozo. Claro que si empieza a llover de nuevo va a ser un problema. Ese pozo siempre fue un peligro, siempre.


Angélica Gorodischer


Diálogo entre Angélica Gorodischer y Alberto Manguel, director de la Biblioteca Nacional

Biblioteca Nacional Mariano Moreno
Publicado el 11 ene. 2018

14 de diciembre de 2017 / Sala Juan L. Ortíz

Homenaje a Angélica Gorodischer. En el marco de la visita de Margaret Atwood a la Argentina, la Biblioteca Nacional homenajea a la escritora Angélica Gorodischer, referente de la distopía en nuestro país.

Angélica Gorodischer (Buenos Aires, 1928) es una de las voces femeninas más importantes de la literatura de ciencia ficción en Iberoamérica. Introdujo la distopía en sus obras para retratar a una sociedad ficticia indeseable en sí misma. Publicó novelas como Kalpa Imperial, Floreros de alabastro, alfombras de bokhara, Prodigios, Tumba de jaguares y Las señoras de la calle Brenner. Tanto sus relatos como sus novelas le han hecho ganar la admiración de los lectores. En 2003 se publicó la traducción al inglés de Kalpa Imperial, realizada por Ursula K. Le Guin, máxima figura femenina de la ciencia ficción anglosajona.








Sueños Con Angélica Gorodischer – Ver Para Leer
Telefe Publicado el 1 dic. 2014

En el programa se plantean diversas situaciones conflictivas en las que Juan Sasturain debe participar para solucionarlas. Para hacerlo, recorre el fantástico mundo de la literatura en todos sus ámbitos y géneros, muestra libros y comparte temáticas de ellos. A su vez, en cada ocasión se debe recurrir a un tercero (al cual le realizan una breve entrevista) en busca de ayuda. Juan está acompañado de su amigo, Fabián Arenillas que encarna a los distintos personajes que lo auxilian o que le plantean la situación de cada programa.






“La vida real no me interesa”


En una entrevista de Liliana Colanzi y Mariano Vespa, Angélica Gorodischer, autora de Kalpa Imperial, Trafalgar y Las señoras de la calle Brenner, entre otros títulos, habla de sus búsquedas literarias, la relación con la tecnología y anticipa el próximo libro de cuentos.

“La vida real no me interesa”

 Por Liliana Colanzi y Mariano Vespa.

Llegamos a la casa de Angélica Gorodischer siguiendo la pista de Rafael Pinedo, el autor de la novela posapocalíptica Plop, que ganó el premio de Casa de las Américas en 2002. De alguna manera queríamos descifrar el enigma Pinedo, que falleció de un melanoma en 2006. Habíamos leído que era tal su admiración hacia Gorodischer que uno de los personajes de Plop —la vieja Goro, un personaje fuerte y terrible, la única persona del clan que sabe leer en un mundo devastado— le rendía homenaje. La encontramos en su casa en Rosario, ciudad donde vive desde la infancia: nos recibió apoyada en un bastón de madera maciza que —dijo— posiblemente haya pertenecido a Manuel Belgrano, y que compró en Mercado Libre. Mientras esperaba al técnico que le arreglaría una heladera arruinada, conversamos sobre sus lecturas (y constatamos que Plop ocupa un sitio especial en su biblioteca, separado en un altarcito propio), sus proyectos, sus inquietudes y sobre la ciencia ficción, un género que cada vez cobra mayor importancia, y en el que ha sido pionera en Latinoamérica. Su libro Kalpa Imperial fue traducido por la destacada autora norteamericana Ursula K. Le Guin. Con ochenta y siete años y una treintena de libros publicados, Gorodischer dijo estar terminando Las nenas, “un libro de cuentos bastante siniestros”.

—Oesterheld me deslumbró. Lo conocí y dije: “Qué maravilla”. Ahora le regalé al segundo de mis hijos el libro de Oesterheld con sus cuentos inéditos (Más allá de Gelo, Planeta, 2015). También me lo leí antes. Oesterheld fue un tipo sensacional. Qué destino, ¿no? Para la época fue revolucionario. Hubo mucha gente que no quiso ni acercarse: “Ah, no, esas cosas de aventuras fantásticas…” A mí los marginales me interesan, hay algo por lo que el establishment los pone un poquito de lado. Ahí pasa una cosa graciosa que algún autor marginal se convierte en central y resulta que a todos siempre les pareció maravilloso y lo valoraron. De alguna manera le pasó a Cortázar.



» He tratado de leer a los últimos [autores de ciencia ficción] y no me entusiasman mucho. Estoy metida en otras cosas, escribo mucho y no estoy bien de salud, así que hay muchas cosas que ignoro. Pero Plop, de Rafael Pinedo, siempre me dejó deslumbrada. La impresión que tengo como lectora —ya no les hablo como escritora— es el color negro, porque todo es negro. Todo es de una negrura impresionante, estamos en medio de una noche de la que no vamos a salir jamás. Esa impresión de negrura, de telón, de un color que es casi concreto, es tremenda. En esa noche negra lo que crece es el barro, la no-visión, la no-existencia de un horizonte, una cosa que es terrible. Plop es una novela descarnadamente escrita, porque el hueso y la médula están ahí a la vista. No hay una concesión. Hay novelas crueles, por supuesto, que una ha leído —yo empecé a leer a los cinco años y todavía no me detuve—, pero es difícil encontrar una pieza narrativa en la que no haya ni una sola concesión. No hay ni siquiera lo que se llama el feísmo. Es una cosa seca, como concentrada, como puños cerrados. El lenguaje sirve para comunicar lo que está acá, pero lo que está más allá no tiene nombre ni lo tendrá quizás nunca. La ciencia ficción tiene novelas muy descarnadas, muy crueles, pero esto creo que es lo más cruel que leí. Después me enteré que el autor había muerto; tampoco supe cómo. Yo creo que Pinedo está solo dentro de la literatura latinoamericana. No se puede decir que este muchacho sale de allí, o que abreva de allá, o que tiene relaciones con eso… Yo no le encuentro nada. Esa cosa monstruosa de toda la humanidad no lo encuentro en otra parte. Puede haber, quizás, en un texto medieval, qué sé yo. A mí me parece que ese hombre está solito, lo cual es un gran honor.

» El Negro Fontanarrosa fue alumno de mi marido. Mi marido es arquitecto y enseñaba en el Politécnico acá. Fontanarrosa era un muchachito que estaba en segundo o tercer año, pero no quería seguir arquitectura, quería dibujar. Entonces se iba al último banco y dibujaba sus viñetitas, vieras lo que eran. Por supuesto, el Goro, mi marido, se ponía furioso y le daba un cero, lo retaba. Y después Goro me decía: “Si yo pudiera haber hablado con los padres, les habría dicho: Saquen a este chico, este chico no quiere estudiar”. Una vez el Negro le llevó unos deberes que eran un desastre total, entonces el Goro se los tiró y le dijo: “Mirá, Fontanarrosa, ¿sabés adónde vas a terminar vos? ¡Vendiendo choripanes en la cancha de Central!” Pasó el tiempo, el Negro fue lo que fue, y el Negro decía: “¿Conocen al que fue mi profesor de dibujo?” Y Goro decía: “¡Yo le enseñé a dibujar a Fontanarrosa!” ¡Se cargaban…! Y cuando hicieron acá una retrospectiva del Negro –el Negro estaba vivito y coleando—, había viñetas que no se habían publicado nunca, y abajo decía: “De la pinacoteca del arquitecto Gorodischer”. Era muy gracioso, lo quería mucho al Negro.

» Terminé una novela que se publicó en noviembre de 2014 [Palito de naranjo, Emecé]. Y entonces empecé a escribir otra. Pero hace poco, buscando cuentos, porque me habían pedido cuentos y no tenía ganas de escribir uno, descubrí que tenía otro libro. Es un libro que tiene varios cuentos de la misma laya, de la misma raza. No son cuentos muy felices, son bastante siniestros. Se llama Las nenas. Algunas son víctimas y algunas son victimarias. Terminé un cuento y después otro más, y ahora tengo siete.

» Yo no puedo ver películas de terror porque soy miedosa. Salvo que sea realmente una obra maestra, pero si no, prefiero no mirar. Tengo ciertos miedos —he sido carne de diván también— que mi marido, que es lo lógico, lo intelectual, lo racional con dos patas, no entiende. Tengo miedo a la oscuridad, tengo miedo a la noche. Entonces él me explica y cree que ya está, que ya se me pasó. Entonces le digo: “Esto va por otros carriles”. Y él: “No, no, no, mirá, yo te voy a volver a explicar…” [Se ríe]

» Celular no uso. Todo el asunto del celular y de ver que la gente está como loca ahí, eso me horroriza. El tipo ese que puso el cartel en el bar que decía “No tenemos wifi, hablen entre ustedes”, me parece espléndido. El otro día vi que pasaban tres chicas por la calle. Tenían dieciséis, diecisiete. Supongo que serían amigas porque iban juntas, pero cada una iba con su celular haciendo tiqui-tiqui. Eso ya a mí me pone loca. ¿Dónde mierda vamos? En un cumpleaños mis hijos me regalaron un Blackberry. Me enseñaron a usarlo, pero yo vivía de esclava del Blackberry. Entonces lo tiré. Una amiga me dijo: “¿Y si te pasa algo en la calle?” Le dije: “Mirá, si me pasa algo leve en la calle, al primer señor que pase le pido que me ayude. Y si me pasa algo grave, van a llamar a la ambulancia, ¡así que dejame de jorobar!”. Así que no, el celular, no. Pero todo lo demás sí: tengo computadora, por supuesto, me gusta navegar en internet, descubro cosas. Kindle sí, eso leo perfecto, sus páginas no tienen el brillo que tiene la pantalla, con eso me llevo bien.

» A mí me interesa cómo fue el momento en que hicimos clic y dejamos de ser simios. ¿Qué pasó con ese antepasado común? Hubo un momento en el que ocurrió algo. En un libro que estoy leyendo, De animales a dioses, el autor (Yuval Noah Harari) dice que hubo una revolución cognitiva, pero no se sabe qué sucedió. Decenas de miles de años después vino la revolución agrícola, pero para ese momento ya éramos casi intelectuales.

» La ciencia ficción te deja una marca muy fuerte. Yo siempre digo: a mí la vida real no me interesa. Hay autores y autoras que con la vida real han hecho maravillas. A mí no me sale porque la vida real no me interesa. “¿Y a usted qué le interesa?”, me dicen. Me interesa lo inexplicable, lo inefable, lo que no se puede decir, esas cosas por las que hay que pasar de lejos. [En mis historias] siempre pasa algo raro. A veces no se sabe muy bien de qué se trata, pero hay algo siempre que está fuera de la experiencia diaria.

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