domingo, 11 de agosto de 2019

Brujas: el vuelo del mal, por María Tausiet






Brujas: el vuelo del mal, por María Tausiet


Míticas y perseguidas, las brujas forman parte del imaginario colectivo del folclore europeo. Hijas de Selene, Hécate y Artemisa en la tradición griega, han sobrevolado las leyendas ligadas a los círculos de la muerte y el demonio. Sin embargo y como expone la historiadora María Tausiet, en la Edad Media serán asociadas a mujeres reales a las que se dará caza y torturará al atribuirlas fechorías inimaginables y relacionándolas con la herejía. La escéptica respuesta del inquisidor Alonso de Salazar y Frías a la caza de brujas y la racionalidad moderna de la Ilustración devolverán a las brujas a su estado fantasioso, como muestran los textos irónicos de Moratín y las pinturas de Goya.

Fascinantes, peligrosas, seductoras... las imágenes de hadas, brujas y sirenas pueblan la literatura y el arte desde la antigüedad hasta nuestros días. Las hadas se presentan como la encarnación de una belleza femenina mistérica y astral, ligada a las fuerzas de la naturaleza, por su parte las brujas son la imagen de mujeres reales que fueron culpabilizadas de hechicería y magia demoníaca con especial intensidad durante los siglos XIV a XVII y las sirenas son símbolo de tentación y objeto de seducción en sus diferentes formas, como mujer-pájaro y mujer-pez.

Identificadas con mujeres reales, apariciones espectrales o pertenecientes a sagas mitológicas, este ciclo evocará un recorrido antropológico, histórico y literario a través de estas proyecciones mágicas de la figura femenina.

María Tausiet


CICLOS DE CONFERENCIAS Hadas, brujas y sirenas (III)
Brujas: el vuelo del mal
Fecha: 16/02/2016

Las brujas, en un principio seres imaginarios asociados a figuras de la mitología pagana y a los espíritus de los muertos, terminaron por encarnarse en la Europa moderna en mujeres de carne y hueso a las que se acusó de los crímenes más abyectos, dando lugar a una persecución que acabó con la vida de muchas de ellas.

Era creencia común que, con la ayuda de ciertos ungüentos mágicos, podían volar a través de la oscuridad para reunirse con el demonio y provocar todo tipo de catástrofes, como la esterilidad de los campos, la infertilidad de las mujeres o la muerte de criaturas de corta edad.

La llamada "caza de brujas" se produjo principalmente en los siglos XVI y XVII.  A partir de la Ilustración, las clases cultas empezaron a mostrarse escépticas, pero una buena parte de la población continuó creyendo en supercherías, a caballo entre la magia y la religión, tal y como reflejaría el genial pintor Francisco de Goya con su característico espíritu crítico.

Bibliografía recomendada
Cardini, F., Magia, brujería y superstición en el Occidente medieval, Península: Barcelona, 1982.
Caro Baroja, J., Las brujas y su mundo, Alianza: Madrid, 2010.
Cohn, N., Los demonios familiares de Europa, Alianza: Madrid, 1981.
Eliade, M., El vuelo mágico, Siruela: Madrid, 1995.
Henningsen, G., El abogado de las brujas. Brujería vasca e Inquisición española, Alianza: Madrid, 2010.
Levack, B., La caza de brujas en la Europa moderna, Alianza: Madrid, 1995.
Tausiet, M., Ponzoña en los ojos. Brujería y superstición en Aragón en el siglo XVI, Turner: Madrid, 2004.


Fuente :
Canal de youtube: Fundación March

Un recuerdo Por María Moreno





Un recuerdo
Por María Moreno

Debía tener trece o catorce años. Mi madre solía llevarme por las noches a pasear por la Avenida Santa Fé . Si era temprano , la librería estaba aún abierta . A mi madre, poco lectora, le gustaba demostrar lo contrario . Sus valores no pasaban de Pearls Book y Mika Waltari que la persuadían de haberse introducido en la historia universal, El librero no sólo era un lector sino que lo parecía: usaba anteojos culo de botella, un mechón de pelo lacio caído sobre la frente y un aire angustiado que yo no sabía aún interpretar como sartriano. Mi sexualidad aún no se había despertado. Es decir: no me gustaba ningún sexo. Ni el propio ni el opuesto. En las fiestas jugaba con el perrito de la casa. No me masturbaba, la boca abierta ligeramente húmeda, la ausencia de pensamientos complicados, mi costumbre de pararme apoyando un pie sobre el empeine del otro, el cabello largo y sucio preocupaban a mi madre que se hartaba de mi respuesta a cualquier invitación a alguna forma de placer: “ la verdad es que me da lo mismo”. ¿Me daban lo mismo hombres y mujeres? Sí pero en signo negativo. Con crueldad mi madre decía que de los artículos no me correspondía “la” ni “él” sino “lo”. Sin embargo me gustaba el librero ¿en que sentido? Lo ignoro. Seguro que no quería ni tocarlo ni besarlo. Pero me atraían sus ojos celestes y, al mirarlo, mi labio inferior colgaba más que de costumbre.


Mi madre lo seducía –de eso estoy segura– mediante conversaciones que no recuerdo. Y a veces le compraba un libro para mí y que yo no había elegido. ¿algo de la colección Robin Hood? ¿Un Louise M. Alcott? En eso también era retrasada, todavía necesitaba el apoyo de las ilustraciones y encaraba cada libro buscándolas antes de empezar. Pero no leía casi nada: la llegada a casa de un flamante televisor Noblex, blanco y negro, cuyas perilla sonaban como un clic de máquina fotográfica y que fue eterno, me hipnotizaba durante horas y las series Anny Oklay, El hombre del rifle, Dr Kildare, La patrulla del camino miradas mientras comían papas fritas Boom , no pronosticaban para mí un futuro cultural como el que deseaba mi madre.

Un día ella se puso a revolver en la mesa de ofertas de la librería y eligió un libro de tapa colorida en el que se veía a una joven con un moño en la cabeza, botitas y un libro en la mano, sentada ante un pupitre. Se llamaba Claudina en la escuela. El título sin duda era el de una obra para jóvenes. Mi madre y el librero conversaron. Yo permanecía en babia. Carecía de todo interés por el libro. También por los otros que se ofrecían en las mesas o en los estantes. El librero parecía vacilar, no se o no recuerdo si describió su contenido, tal vez no lo había leído. Mi madre compró el libro.

“Me llamo Claudina , tengo quince años y vivo en Montigny en donde nací en 1884 y con toda posibilidad, no moriré aquí. ”, leí. Hasta entonces había desconocido esa franqueza, habituada a las descripciones alpinas que introducían a una historia de huérfanos a los dramones de los sin familia con un fondo de nieve y la compañía de animales amaestrados como el monito Lindo corazón y el cuervo Banjo. Me zambullí en la identificación aunque no ganara para sustos. ¿Guardar pastillas de menta en el estuche de un rosario como lo hacía la alumna llamada Luce? Módica pista para indicarme que no se trataba de un libro para jóvenes, a mí que sólo conocía la transgresión de Huckleberry Finn cuando se negaba a leer la Biblia y fumaba una pipa de pasto de espaldas a la viuda Douglas.

¿Qué alumna se dirigía a su maestra con la insolencia de Claudina? ¿En que escuela una se abrazaba violentamente con las maestras y reclama una exclusividad apremiante y entonces las clases se abandonaban por abrazos y arrullos? La directora, la Srita Sergente, tenía una asistente llamada Aimée Lanthenay a la que amaba “como un hombre a una mujer”. A Claudina le gustaba la tal Aimée y le exigió clases particulares de inglés. Pero en las clase ni alumna ni profesora hacían nada salvo mimarse. Entonces la Srita Sergent las suspendió furiosa. Claro que yo no me desayunaba con el sentido de la exigencia de Claudina a la Srita Sergent de que le devolviera a su Aimé y menos que esa familiaridad en el trato se aceptara por temor a una denuncia (¡lesbianismo en la conducción de una escuela!) . El dr Dutertre, el inspector cantonal, era un abusador de niñas recién menstruantes que les leía los cuadernos tomándolas por la cintura y enrulándoles los rizos y, con suerte, les arrancaba un beso en la boca. En los libros de la colección Robin Hood los besos se daban en la frente y provenían de padres o abuelos, no como en Claudina en la escuela si yo tenía como sumun del pecado el besarse acostados aún entre vírgenes, del beso de la Srita Sergent y su Aimée, una sentada en la falda de la otra en un sillón, nunca se me olvidó.

Yo no sabía lo que Claudina que revisaba con audacia las palanganas de los baños compartidos para comprobar el polvo en la de la Srita Aimée , lo que probaba que no cumplía con sus noches de celadora en los dormitorios y dormía junto a su directora con la que no evitaba cuchichiar en público ni apartarse abrazándola en las narices de esas alumnas que se reían sin inocencia.

Claudina era ya experta en lo que excitaba al macho , coqueteaba con su ropa discreta pero astuta siempre ajustada en el talle y parecía no sufrir por amor sino por un deseo carnal que yo no sabía nombrar . Comencé a leer sin parar, volviendo sobre los párrafos que, sin embargo no narraban nada explícito. La flaca Inés chupaba la tinta de los lápices, su goma de borrar, y los carboncillos y yo que solía mascar frenética la brea de las terrazas y las servilletas de papel luego de enrollarlas y me chupaba el cabello hasta que me daban arcadas, debía contentarme con esas enumeraciones golosas que evocaban el placer de la succión, del tacto y del olfato sin que la palabra sexo se me formara en el pensamiento.

Mi madre se sorprendió agradablemente. Luego debió sospechar algo. Tomó el libro a mis espaldas. No le cabía culparme. Tampoco lo calificó moralmente. Lo devolvió luego de algún aviso ambiguo.


Extrañé a la gata Fanchete que dormía en un estante vaciado por el diccionario Larrouse y a quien Claudina mordía las orejas, la maldad de levantarse de un asiento que se equilibra del lado opuesto con el peso de otra alumna, los pretextos para ir a espiar a los dormitorios durante el día las huellas de la carne entre las sábanas de la directora.

Yo guardaba el dinero de un regalo, me dejaban ya tomar el tranvía, pasear sola por la tarde. Fui a la librería y después de muchos rodeos, roja como un tomate, pedí el libro. El librero de ojos azules me explicó que no podía ir contra mi madre, que no estaba autorizado a dármelo. ¿me ofreció otro a cambio? No gracias. Pasiva, incapaz de rebelarme, de luchar, volví a mis series de televisión con una bolsa de papas fritas en la mano. Me había quedado , sin embargo, el deseo de que alguna vez se me definiera con una palabra deslumbrante: “viciosa”.  

María Moreno

Fuente: Texto reproducido en contratapa de Diario Página 12 -Argentina
11/08/2019
www.pagina12.com.ar/211444-un-recuerdo

Ósip Mandelstam -poemas





Vivimos sin sentir el país a nuestros pies,
nuestras palabras no se escuchan a diez pasos.
La más breve de las pláticas
gravita, quejosa, al montañés del Kremlin.
Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos,
y sus palabras como pesados martillos, certeras.
Sus bigotes de cucaracha parecen reír
y relumbran las cañas de sus botas.
Entre una chusma de caciques de cuello extrafino
él juega con los favores de estas cuasipersonas.
Uno silba, otro maúlla, aquel gime, el otro llora;
solo él campea tonante y los tutea.
Como herraduras forja un decreto tras otro:
a uno al bajo vientre, al otro en la frente, al tercero en la ceja, al cuarto en el ojo.
Toda ejecución es para él un festejo
que alegra su amplio pecho de oseta.

Ósip Mandelstam




Ósip Emílievich Mandelshtám nació en Varsovia, Imperio ruso, el 15 de enero de 1891.
Poeta ruso de origen judío-polaco y miembro de la corriente acmeísta, una derivación del simbolismo ruso que reaccionaba contra él. Con el tiempo evolucionó hacia posiciones individuales, como la síntesis del simbolismo, el futurismo y el acmeísmo.

Tras escribir el poema anterior contra Stalin, fue desterrado a los Urales donde fracasó en un intento de suicidio, después de pasar varios años en Voronezh, en los que continuó escribiendo, aunque en condiciones muy difíciles, volvió, siendo de nuevo arrestado en 1938, condenado a cinco años de trabajos forzados en un campo de Vladivostok, donde murió el 27 de diciembre de 1938.
Su nombre estuvo prohibido en la Unión Soviética durante 20 años.


Nadiezhda Mandelstam: Contra toda esperanza. Memorias




Nadiezhda Mandelstam: Contra toda esperanza. Memorias





  



Nadiezhda Mandelstam (1899-1980) viuda de Ósip Mandelstam (1891-1938), poeta acmeísta ruso víctima de la locura represiva que atravesó la Unión Soviética durante los años del mandato de Stalin, es la autora de este monumental y terrible libro de memorias, escrito cuando Mandelstam contaba con 65 años de edad y carecía de experiencia previa en la escritura.

Joseph Brodsky en el prólogo dice :"estas memoria no son otra cosa que "la visión de la Historia a la luz de la conciencia y la cultura". Para mi, "Contra toda esperanza"es un magnífico y lúcido testimonio de una época oscura y dolorosa, un aullido contra el terror y el silencio en el que la memoria actúa como sustituto del amor, el cual llevó a Nadiezhda a consagrar su vida a la recuperación y mantenimiento de la obra y memoria de Ósip, tanto en la época "estaliniana" como en la posterior al XX Congreso.

"Contra toda esperanza" se divide en tres partes.
La primera se centra, fundamentalmente, en las detenciones y persecuciones contra Ósip Mandelstam y todo lo que estas conllevaron: destierro, miseria, muerte, etc. 

La segunda abarca el aspecto "literario",todo lo relacionado con la obra de Ósip: teoría, práctica, intentos de publicar, sus problemas con la "nomenklatura" cultural, etc. 

La tercera abarca el aspecto "sociológico", en el que Nadiezhda trata de comprender los mecanismos que llevaron a la sociedad soviética de la época a convertirse en una sociedad enferma capaz de destruir física y moralmente a buena parte de sus miembros y en la que la desconfianza y las suspicacias de todos hacia todos llegaron a límites demenciales.

Pero no son independientes. No se pueden entender una sin los otra.Incluso el más literario, el que habla de los dos períodos en la obra de Ósip Mandelstam, de su método de trabajo, etc, es necesario para comprender el contexto.

No se puede entender la persecución de Ósip Mandelstam sin conocer que la tendencia fundamental de su vida y obra fue la lucha por la dignidad social del poeta, por su derecho a la voz y su postura en la vida, que para el la cultura actuaba como regidora del proceso histórico y su estructura y que, pese a reconocer la sociedad como forma de organización superior, lo importante era el papel del individuo (del poeta, de la poesía) en la sociedad.

Ósip Mandelstam se trataba de un hombre en permanente contradicción con un tiempo en el que una de las principales obsesiones del poder era educar y tutelar la mente. Y resulta muy complicado entender los pensamientos suicidas y los vagabundeos de los Mandelstam en busca de trabajo, dinero, comida o simplemente compañía si no somos capaces de hacernos una idea acerca del clima de terror mortal, de miedo a las delaciones, de soledad que rodeaba a los perseguidos.

Es imposible, así mismo, comprender  el efecto narcotizante de la cotidianeidad frente al terror, ese "Renuncia a la esperanza, espera la muerte y no pierdas la dignidad humana", la vida como espera constante de la muerte o la completa indiferencia hacia el futuro y el pasado sin conocer que la época estaba regida por un implacable "Dadnos al hombre que la acusación ya la encontraremos", por la desmitificación de valores, la voluntad de subordinación y la unanimidad de criterios. 

"Contra toda esperanza" no es un ajuste de cuentas contra la sociedad soviética. Obviamente, hay abiertas críticas a la "intelectualidad" del momento, como cuando dice que "...en todas partes se sintió más a gusto que en compañía de la flor y nata de la intelectualidad soviética", cuando les reprocha a sus coetáneos sumar a la impotencia la "comodidad" de no incomodar al poder o cuando habla de buitres capaces de delatar a quien fuera para conseguir prebendas de todo tipo. Pero también hay mucho de autocrítica, ya sea por el silencio o por la aprobación, por actuar como ovejas que se dejaban matar o por ser respetuosos ayudantes de los verdugos para no pasar a formar parte de las filas de ovejas, por ser incapaces de mostrar un mínimo de resistencia pasiva frente al terror...

Las más de 600 páginas de "Contra toda esperanza" son, al mismo tiempo, un mensaje nostálgico y optimista: nostalgia de la cultura universal y optimismo en un futuro en el que los terroríficos errores del pasado no puedan volver a repetirse. 


Texto basado en un comentario en el Blog: 


El poeta, narrador y traductor ruso de origen judío-polaco Ósip Mandelstam estudió en San Petersburgo, París y Heidelberg y mantuvo estrecha relación con importantes escritores como Pasternak, Ajmátova y Bulgákov. 

Tamara Djermanovic, profesora de estética y literaturas eslavas en la Universidad Pompeu Fabra, aborda la vida y obra de este escritor que plasmó en su escritura la injusticia y tragedia de la represión estalinista. Como declaró su viuda Nadiezhda en el libro de memorias Contra toda esperanza: “La característica principal e inmutable de la historia rusa es que tanto para el guerrero como para el que no lo es, cualquier camino supone una amenaza para su vida”.

Conferencia del ciclo “Poesía y revolución”

Ósip Mandelstam: contra toda esperanza, por Tamara Djermanovic




sábado, 10 de agosto de 2019

La que espera-Abelardo Castillo


Abelardo Castillo


La que espera de Abelardo Castillo




La vida, mi querido Castillo, la vida es algo más que cadenas de ácido desoxirribonucleico, enzimas y combinaciones de moléculas. La vida es un misterio, decía en voz baja el doctor Cardona, con esa rara entonación de secreto que le daba a cualquier tontería un matiz de revelación de ultratumba, de modo que ahora empieza una especie de cuento fantástico, pensé al oírlo. Lo que llamamos enfermedad, decía, lo que llamamos locura, son estrategias del cuerpo y de la mente para sobrevivir, para que se cumpla el único designio de la vida, que es continuar viviendo. Oímos que un hombre tose o estornuda y pensamos que está enfermo, cuando lo que en realidad sucede es que su cuerpo está defendiéndose de la enfermedad y, por consiguiente, de la muerte. Con la locura pasa exactamente lo mismo. Vea, si no, este caso. Usted los conoció a los dos, me refiero a los protagonistas. Vivían precisamente allí, en ese viejo caserón de la esquina, el del mirador. Los hermanos Lanari, exacto. 

Cuando usted se fue de este pueblo ellos ya eran bastante mayores, andarían por los cuarenta años. Ella, Asumpta, era una mujer alta y delgada, usaba el pelo recogido, como las bailarinas. En su juventud había sido muy hermosa, y aunque usted debió de ser un chico en ese tiempo, no puede haberla olvidado. ¿No la tiene muy presente? Entonces no la vio nunca. Vivían los dos solos en esa casa. Quedaron huérfanos en la adolescencia, o un poco después, y ninguno de los dos se casó. Y no por falta de oportunidades, por lo menos no en el caso de ella. Lo sé porque yo fui, durante años, una de esas oportunidades. Es curioso, Castillo. La cercanía física entre hermanos de distinto sexo, cuando se prolonga demasiado en el tiempo, suele producir relaciones equívocas. ¿Qué quiere decir equívocas? Quiere decir relaciones que terminan pareciéndose al matrimonio. Más que al matrimonio al amor. Usted habrá visto que los matrimonios largos y bien avenidos transforman la pasión del amor en una especie de hermandad incestuosa. Con los hermanos pasa al revés. Con esto no quiero sugerir que entre los Lanari hubiera nada anormal, no al menos en ese sentido, aunque Dios sabe que la gente de nuestro pueblo ha hecho ciertos comentarios desagradables al respecto. ¿Por qué? No sé por qué. Supongo que porque ella, Asumpta, era una mujer demasiado hermosa: demasiado mujer, para decirlo de alguna manera. Será un prejuicio, pero uno no se resigna a aceptar que cierto tipo de mujeres pueda prescindir de un hombre, me refiero a un hombre real, no a un hermano. Y no estoy nada seguro de que sea un prejuicio. Hay algo un poco monstruoso en una mujer sola, si es hermosa: algo que no es del todo moral. No ponga esa cara, hombre, siempre imaginé que los literatos eran capaces de comprender cualquier idea. No digo compartir o aceptar, digo comprender. 

El caso es que ella no se casó nunca y que vivió para él. ¿Cómo era él? Nada del otro mundo. Un sujeto bastante intrascendente. Más bien bajo, sí. Exactamente, con una ceja un poco levantada, a causa de un accidente. Usted sí que es un tipo inesperado, mi amigo: resulta que se acuerda del hermano y no de ella. No tenían demasiados amigos, ni siquiera se puede decir que tuvieran amistades en el sentido social de la palabra. Creo que yo fui una de las personas que más los trató, y eso por mi condición de médico. El era un poco hipocondríaco, pero tenía eso que se llama una salud de hierro. Ella era demasiado delicada, demasiado frágil. Siempre me hizo pensar en un objeto de cristal muy fino. Cuando él tuvo el accidente yo supe de inmediato que algo se había quebrado en la estructura íntima de ese cristal. No, no me refiero al accidente de la ceja, me refiero al del avión. La avioneta, porque fue en una avioneta. El debió viajar a Corrientes, no recuerdo por qué asunto. Me parece que se trataba de una sucesión, algo referido a unos campos que habían sido del padre, no sé bien. El hecho es que hubo una tormenta, la avioneta se perdió en los esteros del Iberá, y lo dieron por muerto.

La historia, en realidad, empieza acá. Venga, sentémonos en ese banco. Me gusta contemplar el río de noche, lo que nos va quedando del río. ¿Se acuerda de lo que era este río cuando usted era chico? Véalo ahora, puro barro y camalotes. Toda esa franja que se ve allá son islotes nuevos, pronto van a ser islas. Cualquier día de éstos vamos a cruzar a la otra costa caminando. Qué le pasó a quién. ¿Al río? ¿Tampoco sabe qué le pasó a nuestro río? Después se lo cuento, ahora siéntese.La avioneta, lo que quedaba de la avioneta, fue localizada unos meses más tarde. El cuerpo no. Pero a nadie le quedó ninguna duda de que él había muerto. Bueno, cuando pasan tres años y un cuerpo no aparece, y de lo que fue un avión sólo se recupera un ala y un pedazo de motor en la copa de un árbol, en los pantanos, uno puede suponer que el piloto ha muerto. Sí, el piloto era él, un buen piloto, si me atengo a lo que oí. Lo raro es que aprendió a volar porque les tenía terror a los aviones; sólo se sentía seguro si manejaba él mismo. No sólo era hipocondríaco, era un poco maniático, más o menos como toda la familia, si quiere que le sea franco. Eso es lo que tal vez explica la ausencia de tres años. Salvo que hubiera perdido la memoria a causa del accidente, cosa en la que no creo. Esas largas amnesias de las películas norteamericanas no ocurren nunca en la vida real, y además yo conversé con él una o dos veces cuando volvió y nunca mencionó nada parecido a una pérdida de memoria. Claro que no había muerto, ¿si no, cómo iba a volver? Se lo dio por muerto, todos creyeron que había muerto. Menos ella, exacto. El va a volver, decía. No sólo decía eso, sino que, durante tres años, hizo exactamente las mismas cosas que había hecho mientras vivieron juntos. ¿Qué cosas? 

Preparar la mesa para los dos, arreglar el cuarto de su hermano, tener lista su ropa, mantener encendida la estufa a leña de su escritorio, en el invierno. Todo, sí, todo exactamente igual durante tres años. Pero por supuesto que no, ninguna razón: ella no tenía ninguna razón lógica para creer que el hermano podía estar vivo. El no se comunicó nunca con ella, ni por carta ni por teléfono ni de ninguna otra forma. Todo esto lo sé porque en esos tres años nunca dejé de visitar la casa, como sé lo que acabo de decirle sobre la ceremonia diaria de arreglar ella su cuarto o poner dos cubiertos en la mesa. Yo era tal vez uno de los pocos que lo sabía, por lo menos al principio, porque con el correr del tiempo todo llega a saberse en un pueblo como el nuestro. Siempre he pensado que los pueblos son de vidrio, las paredes de las casas, quiero decir. Todo se ve a través de ellas. Todo el mundo sabe todo de todos, y lo que no se sabe se imagina o se inventa. De ahí la historia de que ella estaba loca, cuando lo que en realidad sucedía es que venía defendiéndose de la locura desde el mismo día del accidente. Yo hablé con ella, muchas veces. Era una mujer perfectamente normal, y, si no lo era, es sencillamente porque ninguno de nosotros es perfectamente normal, ni usted ni yo ni esa parejita que se está besando en la baranda de la barranca. La normalidad es como el frío, no existe. El frío es un poco más o un poco menos de calor, y la normalidad es un poco más o un poco menos de locura. Ella actuaba de la misma manera en que había actuado desde los veinte años: dependiendo de su hermano, sirviéndolo, viviendo para él. Sí, ya sé. Usted está pensando que cada vez que me refiero a ese hombre lo hago con cierta amargura, usted está pensando que ni siquiera lo nombro, usted está pensando que yo estaba enamorado de ella.

Castillo Mi querido señor, no suponga que ha hecho un descubrimiento psicológico mayúsculo. Claro que yo estaba enamorado de ella, y claro que él no me caía demasiado bien, pero ésta no es la historia de mis emociones, como diría un colega suyo. Es la historia de un asesinato.


Veo que por fin reacciona. Percibo que ha dado un pequeño brinco en la oscuridad. Gustavo, se llamaba él. En cuanto a la palabra que lo sobresaltó tal vez sea exacta en el sentido jurídico, pero, en un sentido médico, no describe en absoluto los hechos.

Fue un acto de legítima defensa, por decirlo así. Venga, caminemos hasta la explanada del Hotel de Turismo, ya sé que es un adefesio pero desde ahí arriba el río parece un poco más real, más antiguo. De modo que quiere saber quién fue el muerto, quién mató a quién. Sería interesante que ahora yo le dijera que asesiné al hermano de Asumpta, por celos, cuando él volvió de su viaje misterioso de tres años. Usted pertenece a ese género de personas, usted, permítame que se lo diga, es un poeta romántico que se equivocó de siglo. Lo siento, pero no fue así. Le doy tiempo para que adivine hasta que lleguemos arriba.

No adivinó. O mejor, sí adivinó, pero no tiene ni la más remota idea de las razones que ella tuvo para hacerlo. Sentémonos otra vez. Qué me dice de esa luna. Qué me dice de oír las campanadas de la iglesia y mirar el río, en verano, a la luz de la luna. ¿Sabe que una vez, una sola vez en mi vida, yo pude hacer esto con ella? No me pregunte cómo, pero la convencí de que me acompañara a caminar por la barranca y la traje acá. Creo que esa noche, si me hubiera atrevido... Le voy a dar un consejo, Castillo. Tengo unos cuantos años y sé de lo que hablo. Si le gusta una mujer y no está absolutamente seguro de lo que ella siente por usted, nunca pierda el tiempo en decírselo ni mucho menos en pensar cómo decírselo. Aproveche la primera oportunidad favorable que se le presente y tómela de la mano o bésela, acósela, como se dice ahora. Lo peor que puede pasarle es que ella salga corriendo, que es lo mismo que le va a pasar si le da tiempo a pensarlo. Si esa noche yo la hubiera tomado de la mano, en vez de hablar, tal vez no habría sucedido nada de lo que le estoy contando, Asumpta no estaría donde está y él no habría muerto. Ella lo enterró en el jardín de la casa. Desde acá se ve el lugar, dése vuelta. ¿Ve el paredón donde asoma la magnolia? Bueno, entre la magnolia y la galería. 

Fue muy poco tiempo después de su regreso. Nadie se dio cuenta de nada hasta que pasaron dos o tres meses. Creo que algunos ni se enteraron de que él había vuelto. Más tarde se descubrió todo, por supuesto, ya le dije que en los pueblos como el nuestro las paredes son transparentes. Pero yo lo supe casi de inmediato, del mismo modo que supe los motivos. Muchos imaginaron que esos hermanos eran algo más que hermanos y que ella lo mató para vengarse de algo que él había hecho durante esos años de ausencia. Qué estupidez. Asumpta, durante esos tres años, vivió esperando que él regresara. No era tanto el querer que volviera como la ceremonia de esperarlo, ¿se da cuenta? La razón de su vida, su cordura, dependían de los ritos inocentes de esa espera. Por eso preparaba todos los días su cuarto, encendía la estufa del escritorio, arreglaba su ropa. Cuando él regresó, ella no dio ninguna muestra de alegría; sí, yo también lo pensé al principio, era como si siempre hubiera sabido que él volvería. Pero sobre todo era que no podía alegrarse: la presencia del hermano rompía por última vez el precario equilibrio de su cordura. La primera vez fue su desaparición; la segunda, su regreso. Ella ya no lo soportó. Durante tres años, piense bien en esto, durante más de mil días y mil noches, ella protegió su razón con esa espera. Lo mató para no enloquecer, para seguir esperando. Después volvió a preparar su cuarto, puso todos los días dos cubiertos en la mesa, siguió cambiando con amor las sábanas de su cama. Y si nadie se hubiera enterado de lo que pasó, aún hoy lo seguiría haciendo. Ella todavía vive, naturalmente. ¿Dónde está? Por favor, Castillo, ¿dónde quiere que esté?



Desde acá el río se ve mejor, ya se lo dije; pero sólo porque es de noche. Uno de esos locos que andan sueltos cavó una zanja en una de las islas para hacer un embarcadero, creo que con la intención de construir un hotel como éste. No contó con que el río tiene sus leyes. Las correntadas abrieron un canal, arrasaron la isla, y ahora el río deposita la tierra y el limo de este lado, dijo en voz baja el doctor Cardona.

El relato  reproducido forma parte de los "Cuentos completos" del autor argentino, Abelardo Castillo  de editorial Alfaguara y publicado por el Diario La Nación en 1997.





viernes, 9 de agosto de 2019

Lo que vendrá- M.R.Gianello







Lo que vendrá. 


Gris y fría era la mañana . Me encaminé a la casa de Dora imbuida de una sensación de soledad indescriptible. Después de todo, somos quince los integrantes de la vecinal, y pocos soñadores deseantes de matices en nuestras vidas egoístas y mediocres. Suena duro mejor es no escuchar, mostrarse inmutables ante el declive inexorable de la geografía barrial que suma autos abandonados y pastizales. El avance feroz de la legión de los individualistas la deja a una sin palabras, mirándose indefensa, sin salida. Avanzan sobre veredas, calles y espacios verdes. No todos son de la legión, los que pertenecen a ella miran profundo, transitan con el mentón erguido, fingiendo un poder que saben, no poseen.

Un habitante prevenido me avisa que el contenedor de la calle lateral lo han desplazado casi hasta la otra esquina.
- No quiero que el olor de la basura llegue hasta mi casa, si lo vuelven a poner ahí, lo voy a prender fuego había dicho como en broma Miguel, del segundo A.
Caminaba preguntándome si sería el tiempo, las políticas, o el destino aquello que destiñe el paisaje nuestro de cada día, sembrando decepción, apuñalando la sonrisa, porque los vecinos ya no ríen.
¿Quienes somos? Hace más de veinte años aterrizamos aquí y pudimos aunar esperanzas, materializar hechos, unir voluntades. 
Este parecía ser nuestro lugar en el mundo. 
¿Qué nos pasó? Dos jóvenes levantan la tapa del aparato que guarda nuestras miserias, retuercen el sentido de la vida., se acomodan como los animales adaptándose a nuestra urbanidad en ruinas .
Un perro añoso, medio enfermo, me observa con piedad. 

Dora, la Presidente recibía mi timbrazo con alegría, sus setenta y pico saben que hubieron tiempos de terror y de muerte, dice que admira mi fuerza,
- si nos cansamos perdemos le digo mirándola y abriendo grandes los ojos. Intercambiamos unas palabras, y le entrego una nota para el intendente.

Continúo mi camino rumbo a la carnicería, la misma de calle Echague y Ramírez. Me cruza la señora mayor de planta baja, Alcira .Se ha hecho un patio con rejas, césped y plantas en el espacio común, dando a la calle. Haciendo honor a la verdad, le quedó lindo, cómo gestiono la concreción del consorcio y ella desacuerda, no me saluda. Me resulta indiferente el hecho, uno no elige sus vecinos. 

Casi irreconocible por el sombrero de lana que llevaba debajo de la capucha de la campera, llegaba a La Providencia. 
El carnicero me miraba con insistencia. Reiteré el saludo, pensando que no me reconocía. El me seguía mirando.
Dijo:
 -hola-
Respiré aliviada. Sin bajar la mirada manifestó:
- Los otros días te olvidaste un corte de carne .
Recibí la afirmación sorprendida, dado que de ser así lo había borrado por completo de mi mente,
- ah, ¿sí? respondí
- mirá vos, vaya a saber en que pensaba- 
-bueno dijo él, ahora te lo voy a dar-
Tomó algo de lo que se exhibía en el mostrador y realizó un corte. 

Una semana o más habrían transcurrido de aquel detalle, que yo mandé a papelera de reciclaje y el a borrador. 
Consulté por unas milanesas de zapallo, me resultaban novedosas, pedí dos y otras dos de pollo, para probarlas le dije.
El hombre continuó la charla. 

-Te vi por la zona del Changomás caminando ¿puede ser? interrogaba mientras pesaba mi pedido. 
-seguramente si ,caminé por esa zona, le dije-:pero fue hace como una semana-
-sí, seguramente ,dijo él-
-Esto ya te lo cobré expresó, señalando su mostrador, no te lo había puesto en la bolsa ese día, te fuiste y quedó acá.

A los pocos minutos una señora ingresaba al local.
Hablamos del país, de las malas noticias, bromeamos un poco. 
-Pero no viste lo que pasó en calle Garay y Buenos Aires? comenta.
-¡No! que cosa le dije,
- Fue hace cómo tres meses, alguien se bajó con un hacha, para atacar a un motociclista que se defendió con el casco.
-Qué barbaridad, respondí, está muy sacada la gente. 

Sin embargo, a pesar de la temática poco alentadora de nuestra conversación, a partir de ese episodio, sencillo, el semblante me había cambiado por completo. Un hecho cotidiano y trivial resumía en un instante toda la profundidad de la existencia.
Sorprendida por su actitud, pagué la cuenta y me despedí. Caminaba hasta mi casa meditabunda.
¿Por qué me sorprende lo que ha hecho esta persona? ¿Acaso no es lo que haría cualquiera ?
¿ Por qué esto se convierte un comportamiento excepcional?

Recordé las preguntas de Kant , esas que resumen casi la vida entera, convirtiéndose en síntesis.
-¿Qué puedo conocer del mundo? 
-¿Qué puedo hacer con lo que conozco?
Y la más importante de todas, la tercera, la que parecía responder a mi pregunta,
-¿ Después de lo que he hecho, qué puedo esperar?

Actuar y confiar, lo que tiene que venir, eso es lo que vendrá.

María Rosa Gianello
Paraná. Entre Ríos -Argentina

jueves, 8 de agosto de 2019

De Talleres de escritura y algo más...


Este año empecé a cursar Talleres de escritura de modo presencial y online.

Y entonces puse mi atención en los talleres que se ofrecen en las redes sociales.
No es sorprendente la cantidad de talleres que están promocionados, publicitados, teniendo en cuenta que hoy se aprovechan las redes para difundir toda actividad laboral , cultural hasta lo cotidiano.

Sin  embargo hasta hace un tiempo había como una resistencia a expresar públicamente que se asistía a un taller de escritura o publicitar personalmente y en forma pública el dictado de talleres de escritura. La manifestación de los escritores y escritoras en entrevistas que los talleres de escritura no "servían " o "no eran útiles" tampoco los favorecía. 

No sé si debido a la crisis laboral que afecta a todos hoy ya nadie descree de los talleres puesto que también es un ingreso monetario sin tener que salir del ámbito literario .Hay una opinión colectiva  que se expresa ahora en positivo, como un apoyo entre los que dictan talleres, clínicas, laboratorios, espacios, como se llamen; se tiene la opinión de que es valioso  lo que aportan a quienes  deseen aprender a escribir textos literarios, mejorar o tener una mirada evaluativa sobre sus textos. 

Hasta hace unos años también consideraba que poco podía "enseñarme " un taller de escritura con una arrogancia  de pensar que por ser docente de Literatura ello me bastaba para escribir sin solicitar o requerir otra mirada más que la mía.

La escritura siempre estuvo en mi, nunca he dejado de escribir, a veces por períodos de tiempo extensos la he abandonado ; actualmente estoy enfocada en este oficio , curso talleres ,participo en grupos de escritura y lectura online  y, trato de difundirlos en las redes. 


En esta entrada les dejo una entrevista a Isaías Garde , escritor , poeta , creador de la Biblioteca Virtual Ignoria y un gran difusor de la literatura a través de las redes sociales.Se la realizó Esteban Peicovich quien fue un poeta y periodista argentino que conducía un programa de radio : "Los palabristas".

Elegí este reportaje porque justamente habla de lo qué significa para él ser coordinador de un Taller de escritura y otras disquisiciones acerca de la literatura, la poesía y el mundo literario.




Enlaces:
Taller de escritura : Textos en transición
Facebook : https://www.facebook.com/groups/textosentransicion/
Facebook : Isaias Garde
Blog:  isaiasgarde.blogspot.com

En breve más Talleres....

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